Por Julieta Bonanno
Se apresuró a guardar su frasco de crisálidas aún frescas y acomodar las pócimas de su repisa antes del tercer golpe en su puerta.
—Voy en un momento— atinó a decir dando pequeños saltitos creyendo en la posibilidad de una visita inesperada por parte de su hermano.
En su lugar, un hombre de gran porte y estatura se enmarcó en el arco de la puerta. El horror en su rostro fue inmediato.
—Rufina, el palacio solicita sus servicios con urgencia— anunció el rey con una voz profunda y autoritaria que ella bien conocía.
—¡Señor! ¿Qué lo trae a estos prados?— Preguntó haciéndose a un lado para habilitarle la entrada.
Él dejó caer el pañuelo de protección que usaba en la boca y deslizó suavemente una bolsa sobre la mesa. —Debería ser suficiente— dijo volviéndola a mirar sólo para encontrarse con sus ojos ya puestos en los suyos.
—¿Qué busca de mí exactamente?— Preguntó Rufina entrecerrando los ojos, desconfiando de sus intenciones.
—Quiero que consigas una cura— reveló finalmente luego de un tenso silencio.
La enfermedad había avanzado a velocidades peligrosas, eso era un hecho. Pero, ¿por qué ella debía hacerse cargo de ello?
—¿No cuenta ya con el apoyo de los mejores alquimistas del reino?— preguntó inquieta.
—Es correcto, pero ni siquiera ellos han sido capaces de explicar esta anomalía— dijo con cierta vergüenza en la voz.
—¿Y realmente cree usted que alguien con esta abrumadora edad podrá lograr lo que cientos de jóvenes especialistas mejor capacitados no lograron?
—Exactamente— exclamó el rey admitiendo su vulnerabilidad al respecto. —Por eso le impongo una tarea de tal magnitud— dijo en un tono más elevado.
El quiebre en su voz se volvía más evidente con cada palabra. Realmente estaba desesperado. Rufina lo meditó un momento. Podría liberar a su hermano de cargar con el peso de su conocimiento y el rey se encargaría de que su muerte sea digna. Además de que, casi con completa seguridad, mejoraría su relación con los pueblerinos.
—Cuente conmigo, daré lo mejor de mí— dijo finalmente, casi como un secreto puntiagudo almacenándose en su garganta.
La visita inesperada del rey dejó un pesado sentimiento en el pecho de Rufina. Ahora, gracias a ese sujeto, su reputación y la supervivencia del pueblo dependían completa y absolutamente de ella. El tiempo corría en su contra, y ella sólo contaba con una certeza: iba a necesitar mucha agua.
Se dirigió al pueblo en busca de la vasija más grande que pudieran accesibilitarle. La precariedad en la que habían caído era aterrorizante. Donde antes sabían jugar tanto niños y adultos ahora se juntaba polvo. Las ventanas nunca estuvieron tan tapadas de telas y tablas de madera. El olor a desesperación mezclado con tragedias anunciadas se impregnaba en el aire a cada paso que daba.
Los rayos de sol de la mitad del verano arrasaban a cada ser vivo aferrado a la tierra, no muy distinto a cuando todo comenzó. Junto al árbol de belladona se podía ver un conjunto de personas agazapadas, como si estuvieran discutiendo intensamente sobre algo. «Al fin las personas habían superado el miedo a salir de sus casas» se atrevió a imaginar. Rufina se acercó lentamente a ellos para consultar pero rápidamente los gritos horrorizados de dichos pueblerinos la hicieron retroceder.
—¡Mira el largo de sus patas! Es una abominación— exclamó una señora.
—Su cuerpo está lleno de manchas y sus alas…¿ ya vieron que tiene alas?— dijo otro al fondo de la multitud.
Los murmullos se extendían como las propias raíces del árbol sobre el que se encontraban. Rufina se abrió paso bruscamente solo para encontrarse de frente con una criatura insólita: cuerpo de ciervo, pequeñas alas de dragón y patas de conejo, cubiertas de heridas de rasguños. Se trataba con completa seguridad de un hechizo.
—¡Deténganse! ¡Está herido! No puede erguirse— se apresuró a decir Rufina mientras intentaba sin éxito acabar el ataque que no parecía tener la intención de detenerse.
El pueblo entero, conmocionado, se giró para encontrarse con su arrugado rostro. Las miradas llenas de odio y repudio no tardaron en hacerse notar. —Hazte a un lado, anciana. Nadie quiere oír tus tristes historias— dijo una mujer con movimientos exagerados.
—¡Si! Al fin sucede algo en este pueblo naufragado y quieres arruinarlo. Ya vete con tu aburrida vida de vuelta al hoyo del que saliste!— escupió otra desde el fondo.
El animal, ya con sangre en su boca y las patas retorcidas, comenzó a enderezarse con movimientos toscos que daban más lástima que alegría porque todavía siguiera vivo.
Rufina tomó una rama tan grande y pesada que hizo arquear su espalda, con la que alejó a los pueblerinos por medio de golpes bruscos al aire. La agitó con todas sus fuerzas sintiendo el dolor en sus huesos, despertando una conmoción en la multitud.
—¡Aléjense de él!— gritó con su voz entrecortada —¡Los monstruos son ustedes! Piensan que por ser distinto merece la muerte. Lo arañan, lo lastiman… ¿Qué más pretenden?
—¡Deja de gritar, escoria!— dijo un hombre entre la conmoción —Tú no tienes control sobre nada. No lo tuviste sobre tu hermano menor, no quieras ahora venir a intentarlo con nosotros— los murmullos y risas se volvían cada vez más notorios.
—Aniquilan lo que encuentran y luego desaparecen como la espuma del mar hacia su nueva víctima— aseguró avanzando hacia la multitud, intentando que retrocedan.
Los niños no dejaban de llorar asustados, ¿qué otra cosa podían hacer? Los adultos les estaban enseñando la violencia más cruel que existe. Rufina se sintió apenada. Le desesperaba sólo pensar que crecieran sin conocer las consecuencias de la crueldad: Si los niños pueden comprender el dolor, quizá todavía no sea demasiado tarde.
Los pueblerinos comenzaron a rodearla, cada vez más y más hasta que sus talones descalzos rozaron el pelaje de la bestia. Era momento de su actuación final: dejó caer una mezcla poderosa de pigmentos y hierbas en el suelo y, con solo un soplido, reaccionaron con la tierra, generando una nube espesa color marrón, como si gigantes de humo y polvo emergieran de ella.
Las personas, confundidas pero decididas, continuaron avanzando, chocando cuerpo con cuerpo, comenzando una pelea sin pies ni cabeza entre el humo.
Rufina se apresuró a escapar cargando en brazos a la criatura. Ya más cerca de su casa, desde la cima de la colina, oculta entre frondosos árboles, observó cómo el humo se disipaba, como también la cólera colectiva de las personas. Algunos golpearon, otros mordieron, pero al final, cuando el humo se esfumó por completo, solo quedaron pedazos rotos de la poca cordura que aún conservaban. Sus rostros, atemorizados y confundidos, eran prueba suficiente de que no sabían qué golpeaban dentro de esa nube, sólo sabían que querían acabar con ella.
«Se ve que el odio no era dirigido hacia ti, simplemente se odian a sí mismos» analizó internamente mientras se ocultaba entre las sombras. Los pueblerinos, resignados a solamente ignorar el suceso, se volvieron a encerrar en sus burbujas estériles, silenciosamente enfadados por haber sido engañados por una anciana.
Al llegar a la casa recostó al animal herido sobre su mesa, tirando todo a su paso, incluso la sucia recompensa que le había dejado el rey por adelantado. El siervo comenzó a temblar y a moverse frenéticamente. Todos los músculos de Rufina se tensaron; sin tiempo para pensar, comenzó a bañarlo en cada mezcla curativa que recordaba, hasta que sus ojos se encontraron en un momento. El terror de ambos yacía a la vista.
Luego se detuvo, así como comenzó; de repente. Su hocico se achicó considerablemente, sus patas se estiraron hasta convertirse en largas piernas, su torso peludo ahora comenzaba a cambiar de forma. Había acertado, se trataba de un hechizo. Pero el pánico y la sorpresa que Rufina sintió no estaban relacionados absolutamente con ello: los rizos dorados, la piel suave y el olor a canela, no cabía duda, era la princesa.