La obra de al lado

Por Se77imo

Los martillazos despertaron a Juan antes de que sonara el despertador.
Abrió los ojos y se fijó en que al techo le hacía falta una mano de pintura.
En su mente apareció la imagen de Joan Manuel Serrat cantando. También quiso recordar esa canción del niño y su pelota, pero no le salió: aún estaba medio dormido.
Acostado, se dio vuelta para tratar de dormir un poco más, intentando soportar los martillazos, pero ya no pudo.
Sus oídos captaban frases ininteligibles. Prestó atención cerrando los ojos. Sí, eran paraguayos; no porque supiera guaraní, sino porque la tonada era inconfundible.
Entre idiomas raros y mazazos que seguían insistiendo, mezclando sonidos agudos y graves de hierro y mampostería, se sentó en la cama de mala gana. Trató de sacarles algún ritmo y sonrió.
Recordó que ese día tenía clase de batería a las diez, pero eran apenas las ocho. También recordó que ya no quería ir más.
Se puso unas ojotas y salió para el baño arrastrando sus pies, no sin antes ver que la cama solo estaba deshecha de su lado.
Ella se había ido sin saludar esa noche, acusándolo de mediocre y vago. Ella lo dejó.
Abrió la canilla de la ducha de agua caliente con fastidio mientras la insultaba en su mente. Se quemó con el primer chorro y la insultó de nuevo, esta vez en voz alta.
Se enjabonó como siempre y, cuando quiso enjuagarse, se cortó el agua de golpe, junto con el sonido de un martillazo que sonó del otro lado de la pared.
Al instante se escuchó:
—Le golpeé al caño, che angirũ.
El silencio fue total y los martillazos cesaron.
Esbozó una mueca de placer.
Se enjuagó rápido con agua fría, mientras insultaba con voz entrecortada, pero ya no le importaba.
Se secó y se acostó de nuevo. Sintió placer.
Deshizo la cama del lado izquierdo con la pierna, de bronca nomás.
Ese día faltaría a la clase de batería.