Trastornos de la conducta alimentaria: la importancia de escuchar, acompañar y comprender qué hay detrás del síntoma

En su columna en Enlace de Noticias, la psicóloga Valeria Baldoncini abordó una problemática que afecta especialmente a adolescentes y jóvenes. Explicó por qué los trastornos alimentarios no pueden reducirse a una cuestión estética o de autoestima y destacó el papel fundamental de los vínculos familiares, la escuela y el acompañamiento profesional.

Los trastornos de la conducta alimentaria constituyen una de las problemáticas de salud mental que más preocupación generan entre profesionales, familias y comunidades educativas. Lejos de las explicaciones simplistas que suelen circular socialmente, se trata de padecimientos complejos que involucran aspectos emocionales, subjetivos, familiares y sociales, y que requieren un abordaje interdisciplinario y especializado.

Sobre este tema reflexionó la psicóloga Valeria Baldoncini durante su participación en Enlace de Noticias, donde analizó algunas de las principales características de estos trastornos y advirtió sobre la necesidad de evitar prejuicios o interpretaciones superficiales que muchas veces terminan dificultando el acceso a la ayuda adecuada.

Uno de los primeros puntos que destacó fue la importancia de comprender que los trastornos alimentarios no son una elección ni una conducta destinada simplemente a llamar la atención.

“Muchas veces escuchamos frases como ‘lo hace para llamar la atención’. Incluso algunos pacientes han recibido ese tipo de comentarios de parte de profesionales. Y aunque en algún punto exista una necesidad de ser vistos o escuchados, la respuesta no puede ser minimizar lo que está ocurriendo. Lo que hay que hacer es escuchar qué está intentando expresar ese adolescente y ayudar a construir espacios de diálogo”, señaló.

Mucho más que una cuestión de comida

Uno de los errores más frecuentes es pensar que estos padecimientos se relacionan exclusivamente con la alimentación o con la imagen corporal. Valeria Baldoncini explicó que, si bien el síntoma aparece vinculado a la comida, detrás suele existir un sufrimiento mucho más profundo que no puede abordarse únicamente desde los hábitos alimentarios.

“Cuando hablamos con pacientes que atraviesan cuadros de anorexia, muchas veces encontramos que terminan definiéndose únicamente a través de ese padecimiento. La enfermedad ocupa un lugar tan central que parece transformarse en toda su identidad. Parte del trabajo terapéutico consiste justamente en ayudarlos a descubrir que son mucho más que ese síntoma”, explicó.
La profesional remarcó que características como el perfeccionismo, la exigencia personal o la baja autoestima pueden estar presentes en muchas personas que atraviesan estos trastornos, pero aclaró que no deben interpretarse automáticamente como causas directas.”Son rasgos que pueden aparecer, pero no explican por sí solos el problema. Cada caso tiene una historia singular y necesita ser comprendido desde su propia complejidad”, sostuvo.

La adolescencia como etapa de vulnerabilidad

Durante la entrevista, la psicologa señaló que muchos trastornos alimentarios comienzan a manifestarse durante la adolescencia, una etapa atravesada por transformaciones físicas, emocionales y sociales profundas.

En ese proceso, explicó, los jóvenes buscan construir su identidad, diferenciarse de los adultos y encontrar formas de expresar aquello que les sucede: “la adolescencia implica mostrar quién soy, descubrir de qué soy capaz y construir una identidad propia. Muchas veces aparecen conductas que los adultos interpretan únicamente como rebeldía, cuando en realidad están expresando conflictos, necesidades o sufrimientos que todavía no pueden poner en palabras”, indicó.

Por ese motivo, insistió en la importancia de no reducir las señales de alarma a simples cambios de conducta propios de la edad y de prestar atención cuando aparecen modificaciones importantes en la relación con la comida, el cuerpo, los vínculos o las actividades cotidianas.

El papel de la familia y los vínculos

A lo largo de la conversación, la psicóloga volvió reiteradamente sobre un concepto: la importancia de los lazos afectivos.

Según explicó, el acompañamiento familiar no implica perfección ni presencia constante, sino la construcción de espacios genuinos de escucha, interés y disponibilidad emocional: “no se trata de que los padres estén las veinticuatro horas encima de sus hijos. Todos sabemos las exigencias que existen hoy para sostener una familia. Pero muchas veces pequeños gestos cotidianos tienen un enorme valor: preguntar cómo están, interesarse por sus actividades, compartir momentos y mostrar que uno está presente”, afirmó.

La profesional aclaró además que no se trata de buscar culpables: “ningún padre se levanta a la mañana pensando cómo hacer sufrir a su hijo. Las familias también atraviesan dificultades, jornadas laborales extensas y múltiples preocupaciones. Por eso es importante abandonar la lógica de la culpa y pensar en cómo fortalecer los vínculos y generar mejores formas de acompañamiento”, señaló.

Sin embargo, sostuvo que cuando un adolescente presenta un trastorno alimentario resulta fundamental incluir a la familia dentro del proceso terapéutico. “El paciente no está aislado de su contexto. Por eso muchas veces convocamos a los padres, realizamos entrevistas familiares y proponemos espacios de acompañamiento para todo el grupo. El tratamiento no involucra únicamente a quien presenta el síntoma”, explicó.

La escuela como espacio de prevención

Otro aspecto destacado durante la entrevista fue el rol que pueden desempeñar las instituciones educativas. Valeria Baldoncini valoró especialmente los espacios de escucha y reflexión que se generan a través de la Educación Sexual Integral (ESI), donde muchas veces aparecen inquietudes vinculadas a la imagen corporal, la alimentación y la salud mental: “la escuela tiene un papel muy importante porque permite escuchar a los chicos, generar espacios de palabra y trabajar estos temas de manera preventiva”, sostuvo.

La psicóloga recordó que en distintas experiencias desarrolladas junto a estudiantes, los trastornos de la conducta alimentaria aparecen de manera recurrente entre las principales preocupaciones expresadas por adolescentes. Sin embargo, aclaró que ninguna institución puede reemplazar el lugar de los vínculos afectivos primarios: “la escuela puede acompañar, contener y orientar, pero el lazo familiar sigue siendo fundamental para el desarrollo emocional de los chicos”, remarcó.

La necesidad de pedir ayuda

Uno de los mensajes más importantes de la entrevista estuvo vinculado a la búsqueda temprana de ayuda profesional. Baldoncini destacó que los trastornos alimentarios son abordables y que existen tratamientos especializados capaces de mejorar significativamente la calidad de vida de quienes los atraviesan.

Por eso recomendó consultar ante las primeras señales de alarma y evitar diagnósticos improvisados o consejos obtenidos a través de redes sociales e internet: “cada persona tiene una historia diferente. No existen recetas universales ni respuestas automáticas. Por eso es tan importante el acompañamiento de profesionales capacitados y el trabajo caso por caso”, señaló.

Escuchar antes de juzgar

A modo de reflexión final, la psicóloga insistió en la necesidad de construir una mirada más humana y comprensiva sobre los padecimientos de salud mental.

Detrás de un trastorno alimentario no hay únicamente una relación conflictiva con la comida. Hay historias, sufrimientos, vínculos, silencios y necesidades que muchas veces buscan expresarse de alguna manera. Por eso, más allá de los tratamientos específicos, la prevención comienza con algo tan simple y tan complejo como escuchar.

Escuchar sin juzgar. Escuchar antes de etiquetar. Escuchar para comprender qué necesita decir una persona cuando todavía no encuentra las palabras para hacerlo.