TATY ALMEIDA, UNA MADRE DE LA PATRIA

Por Camila Solari

Da la sensación de que junio nos está pasando por arriba. De que no para de darnos cachetazos. Por ahí leí que se está llevando los corazones más nobles, y es cierto. Cada día nos sentimos un poco más solos. Hace una semana se nos fue el Indio, y ayer partió de este mundo terrenal Taty Almeida. Una luchadora incansable e inclaudicable por los derechos humanos. Una férrea promotora de la memoria, la verdad y la justicia. Una militante ejemplar. La presidenta de Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora. Pero por sobre todas las cosas, una madre que amo profundamente a sus hijos. Una madre que dedico su vida entera a la búsqueda de su amado Alejandro, un joven militante que comenzó con tareas de ayuda escolar en la villa 1-11-14 y que más tarde se integraría a las filas del ERP (Ejército Revolucionario del Pueblo), quien desapareció el 17 de junio de 1975 en manos de la Triple A.
Taty siempre fue una adelantada. Quizá porque a su hijo se lo llevaron un poco antes de que estallara el golpe, incluso mucho antes de que todos los argentinos pudieran imaginar el infierno que estaba por venir. Alejandro lo supo. Supo que la muerte lo encontraría temprano. Lo desaparecieron con tan solo 20 años. Pese a su corta edad, habitaba en él una clara sensibilidad para leer el mundo, y mas aún para expresarle a su madre cuanto la amó.
En los días posteriores a su desaparición Taty encontró una libretita, donde solían dejarse notitas. Recordemos que en aquel entonces no existían mas que el papel, las cartas y algún que otro teléfono. Allí, en ese poema precioso, Alejandro afirma sus profundas convicciones, la esperanza de habitar en un mundo mejor, y el gran amor que sentía por Taty, su madre. También advierte que la muerte le estaba pisando los talones. El ya sabía que los milicos lo andaban buscando.

“Si la muerte me sorprende lejos de tu vientre,
Porque para vos los tres seguimos en él;
Si me sorprende lejos de tus caricias,
Que tanto me hacen falta;
Si la muerte me abrazara fuerte
Como recompensa por haber querido la libertad,
Y tus abrazos entonces solo envuelvan recuerdos,
Llantos y consejos que no quise seguir;
Quisiera decirte mamá que parte de lo que fui
Lo vas a encontrar en mis compañeros…”

Esas palabras tan sentidas, cargadas de amor y rebeldía le dejaba Alejandro el 13 de junio del ´75, apenas unos días antes de desaparecer.
Dije unos párrafos más arriba que Taty fue una adelantada. Que entendió – quizás a la fuerza de tener que cargar con la insoportable ausencia de su hijo – que era imprescindible rodearse de la juventud. Quizás así lo sentiría mas cerca. Quizás eso hubiera querido su hijo. Siempre estuvo bien cerquita de los pibes. En los actos, en las plazas colmadas, en cada charla en una universidad, ahí la ibas a ver a la Taty. Siempre con su sonrisa, su pañuelito blanco y su gran sentido del humor.
Si aún después de vivir el más atroz de los dolores que una madre puede atravesar – que te arranquen a tu hijo y no sepas donde esta, si esta vivo o muerto – puedas conservar el sentido del humor y la alegría, no solo estamos ante un inmenso acto de reconversión en donde el odio fue purgado para dar paso al amor, sino que estamos frente a la prueba mas fehaciente de que no nos han vencido.
Ella venía de una familia de milicos muy conservadora, en donde primaban los valores tradicionales de aquella época, en donde solo importaba obedecer, ser una buena madre, una buena esposa, una buena mujer, tranquila y callada. Pero fue la ausencia de su hijo la que la volvió una desobediente. La que la hizo cuestionarse y deconstruirse para volverse a construir. La que la hizo abandonar sus viejos pensamientos para entender la importancia de tener convicciones, de luchar por un mundo mejor, por una patria justa, libre y soberana. En la cual todo sea para todos. Todo eso fue Taty.

Hoy es emblema, es estandarte, es historia que sigue viva. Es el claro ejemplo de cómo pararse en esta vida. De cómo encararla todos los días. En su enorme desgracia que le tocó transitar cuando a Alejandro se lo llevaron, ella entendió porque él hacia lo que hacía. Entendió porque valía la pena militar. Ella defendió con uñas y dientes la palabra Militancia. Siempre decía que no le tengamos miedo, que no era una mala palabra. En un mundo de impostura, en donde reina la derecha, nos hizo levantar la cabeza y sentirnos orgullosos de ser militantes. Siempre decía que los pibes en los ´70 “no eran estúpidos, ni perejiles, eran militantes”. Por eso es que siempre nos animó a hacerlo. Entendiendo que es el mas profundo acto de amor que podemos dar hacia la patria y hacia el otro. Porque la militancia es ocuparse del otro.

Taty supo honrar la vida. Supo sembrar amor. Hizo suya todas y cada una de las luchas populares de este pueblo. Pidió por su hijo y por los de todas. Buscó a su hijo y a los hijos de todas. Fue una madre de la patria. Fue un poco la mamá de todos. Fue una brava, una desobediente. Una madre que amó demasiado. Una “loca” que a pesar de los bastones y las sillas de rueda, siempre estuvo de pie. Taty nos venía diciendo hace rato que la posta ya nos la habían pasado. Taty supo siempre, que el día que ya no estuviera en este plano, nosotros seguiríamos buscando a los 30.000.

Ya no estarás para cerrar los documentos cada 24 de marzo en la plaza. Pero tranquila, porque ya han florecido miles y miles de flores. Hoy tu eterno descanso te encuentra fundida en un abrazo con Alejandro, allá arriba. Acá abajo, ya te hicimos bandera.

30.000 compañeros detenidos-desaparecidos, presentes
Ahora y siempre

Taty Almeida, presente
Ahora y siempre