Imagen corporal: cómo la mirada de los demás y la cultura influyen en la relación que construimos con nuestro cuerpo

En su columna de salud mental en Enlace de Noticias, la psicóloga Valeria Baldoncini propuso revisar una idea que suele reducirse a una cuestión estética: qué significa para cada persona su propio cuerpo. A partir de los aportes del psicoanalista italiano Massimo Recalcati, explicó que la imagen corporal no se limita a lo que vemos frente al espejo, sino que involucra lo que pensamos, sentimos y hacemos con nuestro cuerpo, además de la mirada social que atraviesa esa construcción. También cuestionó la presión cultural por alcanzar un cuerpo ideal, el impacto de las redes sociales y la tendencia a convertir el peso en el principal indicador de salud.

La relación que cada persona construye con su cuerpo comienza mucho antes de que aparezcan las preocupaciones vinculadas con la apariencia física y se encuentra atravesada por múltiples dimensiones que exceden ampliamente aquello que devuelve un espejo. En su habitual columna de salud mental, Valeria Baldoncini abordó la construcción de la imagen corporal desde una perspectiva psicológica y planteó que no alcanza con preguntarse cómo vemos nuestro cuerpo, sino que resulta necesario preguntarnos qué significa ese cuerpo para nosotros. Para explicar esta idea recurrió al trabajo del psicoanalista italiano Massimo Recalcati, quien analiza especialmente los padecimientos vinculados con la alimentación y la relación con el cuerpo. “No es solamente mirarse al espejo, sino que es algo mucho más complejo”, explicó la psicóloga.

SegúnValeria, la imagen corporal puede pensarse a partir de cuatro dimensiones diferentes pero relacionadas entre sí. La primera es la dimensión perceptiva, es decir, aquello que una persona observa respecto de su cuerpo, como su tamaño o su forma; la segunda es cognitiva y está vinculada con lo que piensa acerca de ese cuerpo; la tercera es afectiva y refiere a lo que siente cuando se mira o piensa sobre sí misma; y la cuarta es conductual, relacionada con aquello que hace a partir de lo que percibe, piensa y siente. Sin embargo, la psicóloga advirtió que estas cuatro dimensiones no alcanzan por sí solas para explicar cómo construimos nuestra imagen corporal. “El problema no está solo en la percepción, en lo que yo percibo, sino acá es donde se termina de pudrir todo, que es la mirada social”, planteó.

El cuerpo también se construye a partir de la mirada de los demás

Para Valeria Baldoncini, la mirada del otro ocupa un lugar central en la construcción de la imagen corporal. Esa mirada no se limita a una persona concreta, sino que incluye a la familia, los amigos, la cultura, la sociedad y, actualmente, las redes sociales, que tienen una presencia permanente en la vida cotidiana. Desde esa perspectiva, cuando una persona se mira al espejo no solamente observa sus características físicas, sino que también aparecen preguntas —muchas veces inconscientes— relacionadas con cómo será percibida por los demás y qué lugar ocupa su cuerpo dentro de los modelos aceptados socialmente. “No somos nada sin el otro”, explicó la psicóloga al referirse a la importancia que tiene esa mirada externa en la construcción de la propia identidad.

A partir de allí, Baldoncini propuso una regla sencilla que puede funcionar como punto de partida para revisar muchas de las conductas naturalizadas en torno al cuerpo: “El cuerpo ajeno no se opina”. La frase incluye tanto los comentarios negativos como aquellos que socialmente aparecen disfrazados de elogio. Decirle a una persona “qué linda que estás, estás más flaca”, por ejemplo, puede parecer un cumplido, pero también puede transmitir implícitamente que antes no estaba linda o que su valor estético aumentó porque perdió peso. “Yo podría pensar rápidamente: ah, entonces me estabas viendo como una gorda fea y no me dijiste nada”, explicó Baldoncini para mostrar cómo una frase aparentemente positiva puede generar una interpretación diferente en quien la recibe.

La psicóloga sostuvo que tampoco sabemos qué está atravesando una persona cuando hacemos un comentario sobre su cuerpo. Una pérdida de peso, por ejemplo, puede estar relacionada con una enfermedad, una situación de estrés, un duelo o cualquier otra circunstancia que no sea visible para quien observa desde afuera. Por eso, incluso aquello que culturalmente está instalado como un reconocimiento positivo puede convertirse en una fuente de presión o malestar. “No sabemos por lo que está pasando, qué está sintiendo, qué significa. ¿Por qué vamos a opinar?”, planteó. En ese sentido, la propuesta no consiste simplemente en elegir mejor las palabras, sino en revisar la idea misma de que tenemos derecho a evaluar o comentar el cuerpo de otra persona.

Cuando el cuerpo se transforma en un objeto

Otro de los ejes centrales de la columna fue la influencia de la cultura sobre la percepción corporal. Valeria Baldoncini señaló que vivimos en una sociedad donde la imagen tiene un valor enorme y donde determinados modelos de belleza son presentados como si fueran universales. Las redes sociales, los filtros, la publicidad, la televisión y también determinados discursos vinculados con la salud pueden contribuir a instalar la idea de que existe un cuerpo correcto al que las personas deberían aspirar. “Nos hacen creer eso a través de filtros, a través de… bueno, hay que ser flaco para ser lindo, para estar en la tele, para ser exitosa”, sostuvo. El problema aparece cuando el cuerpo deja de ser entendido como algo que habitamos y pasa a convertirse en un objeto que debe ser corregido, controlado y mostrado.

La presión puede hacerse todavía más evidente en determinados momentos de la vida. Baldoncini cuestionó, por ejemplo, la expectativa cultural de que una mujer que acaba de tener un hijo deba recuperar rápidamente una determinada figura corporal. También mencionó el envejecimiento, las canas y la celulitis como aspectos que la sociedad suele presentar como defectos que deben ser corregidos. “Este cuerpo deja de ser algo que habitamos”, explicó, al describir un proceso en el que las personas comienzan a relacionarse con su propio cuerpo como si se tratara de un objeto permanentemente sometido a evaluación. Esa lógica puede generar una búsqueda constante de modificaciones, restricciones y controles que terminan afectando la relación con uno mismo.

Las redes sociales ocupan un lugar especialmente complejo dentro de este escenario. La psicóloga explicó que muchas personas pasan horas expuestas a imágenes de cuerpos que responden a determinados modelos estéticos, muchas veces modificados mediante filtros, edición o procedimientos que no aparecen en la imagen final. Para quienes ya tienen inseguridades respecto de su cuerpo, esa exposición permanente puede profundizar la comparación y reforzar la sensación de no alcanzar nunca el modelo esperado. Por eso, una de las primeras estrategias que Baldoncini trabaja con pacientes que presentan problemáticas relacionadas con la alimentación consiste en revisar qué consumen diariamente en sus redes. “Lo primero que trato de trabajar es que limpien su algoritmo de Instagram”, explicó, como una manera concreta de comenzar a modificar el entorno cotidiano que alimenta determinadas representaciones sobre el cuerpo.

El cuerpo real frente al cuerpo ideal

La profesional planteó que buena parte del conflicto aparece cuando se enfrentan dos representaciones del cuerpo: uno ideal y otro real. El cuerpo ideal es joven, perfecto, controlado y permanentemente disponible para ser mostrado; el cuerpo real, en cambio, tiene hambre, sueño, deseos, necesidades, sexualidad, ansiedad, envejece y atraviesa diferentes transformaciones a lo largo de la vida. El problema surge cuando una persona intenta que ese cuerpo real desaparezca para acercarse a una imagen que, en realidad, no puede sostenerse permanentemente. “El conflicto en las pacientes aparece cuando trata de que el real no exista”, explicó.

La búsqueda de un cuerpo controlado aparece entonces como una de las expresiones más fuertes de esa tensión. Dietas restrictivas, ejercicio llevado al extremo o determinadas intervenciones para modificar rápidamente el peso pueden presentarse como soluciones mágicas frente a una insatisfacción que, muchas veces, tiene raíces mucho más profundas. Baldoncini cuestionó especialmente la proliferación de tratamientos y productos que prometen obtener rápidamente el cuerpo deseado y señaló que ese mercado encuentra un terreno especialmente fértil cuando las personas se encuentran en una situación de vulnerabilidad. “Qué loco esto porque seguimos describiendo esta situación y encontramos que hay dos cuerpos: hay uno real y un ideal”, reflexionó.

En ese punto, la psicóloga también se refirió a los tratamientos farmacológicos que actualmente son utilizados para perder peso y a la manera en que algunos discursos los presentan como soluciones rápidas. Sin cuestionar que determinados tratamientos puedan formar parte de abordajes médicos, puso el foco en la manera en que la cultura transforma la insatisfacción corporal en una oportunidad de mercado. La promesa de conseguir un cuerpo ideal mediante una pastilla, una cirugía o un procedimiento determinado puede reforzar justamente la idea de que el cuerpo real es algo que debe ser corregido. “Siempre esto de buscar lo mágico, ¿no? Donde hay un paciente vulnerable”, planteó.

¿Qué lugar ocupa el peso en la salud?

La conversación también permitió abordar una cuestión especialmente sensible: cómo hablar del sobrepeso y de los posibles problemas de salud asociados sin convertir el peso en una medida del valor de una persona. Baldoncini no negó que determinados cuerpos puedan presentar dificultades físicas o mayores riesgos de determinadas enfermedades, pero cuestionó que la respuesta sea reducir toda la problemática a un número. Para la psicóloga, resulta necesario distinguir entre el abordaje de una condición de salud y la construcción de una identidad alrededor del peso. “Si yo solo me centro en saber qué come, por qué come, cuánto pesa, ¿qué me dice?”, preguntó. Desde su perspectiva, esa mirada deja afuera una parte fundamental de la persona y de aquello que puede estar expresándose a través de la relación con el cuerpo y la comida.

En ese sentido, cuestionó especialmente el uso del término “obesidad” cuando queda asociado de manera automática al índice de masa corporal. Señaló que ese indicador puede resultar insuficiente para comprender la complejidad de las personas y planteó la necesidad de revisar cómo se utilizan determinadas categorías en el ámbito de la salud. “¿Por qué me voy a centrar en un solo aspecto que es el peso?”, preguntó. Su planteo no apunta a negar las dificultades médicas que pueden existir en personas con pesos muy elevados, sino a evitar que el abordaje quede limitado exclusivamente a esa variable y termine desconociendo las dimensiones psicológicas, sociales y subjetivas involucradas.

La profesional también encontró similitudes entre problemáticas que habitualmente se consideran ubicadas en extremos opuestos, como la anorexia y la obesidad. En ambos casos, explicó, puede aparecer una relación conflictiva con el control, aunque expresada de maneras diferentes. Mientras en una persona con anorexia puede manifestarse mediante la restricción permanente, el conteo de calorías y el intento de controlar el cuerpo, en otros pacientes la relación con la comida también puede estar atravesada por la necesidad de resolver, expresar o controlar situaciones que exceden la alimentación. “No es solamente un problema alimentario, sino es un sufrimiento subjetivo que encuentra en el cuerpo una forma de ser”, sostuvo Baldoncini.

Mirar a la persona y no solamente al cuerpo

El planteo final de Valeria Baldoncini volvió sobre una idea que atravesó toda la columna: una persona no puede ser reducida a su cuerpo ni a la manera en que come. Frente a una problemática alimentaria, la psicóloga consideró necesario preguntarse qué está intentando resolver, expresar o controlar esa persona mediante su relación con la comida y con su cuerpo. Para graficarlo, utilizó una comparación sencilla: clasificar a una persona únicamente por su peso sería tan limitado como intentar conocerla solamente por la ropa que lleva puesta. “Me pierdo de todo lo que hay por dentro”, resumió.

La reflexión también alcanza a la manera en que hablamos de la comida dentro de las familias. Durante la conversación surgió el ejemplo cotidiano de decirle a un niño o adolescente que debe “controlarse” con lo que come. Baldoncini propuso reemplazar ese tipo de indicaciones por preguntas que permitan conocer qué está sintiendo la persona, si está disfrutando lo que come, si tiene hambre o si está utilizando la comida para responder a otra necesidad emocional. “Hay formas de comer. No se da cuenta cuando alguien traga, devora, cuando alguien saborea, cuando alguien piensa su comida en el día”, explicó. Para la psicóloga, esa relación también se aprende y puede ser trabajada sin convertir la alimentación en una permanente batalla de restricciones y controles.

La columna dejó así una reflexión que excede ampliamente la estética y las dietas: qué lugar ocupa el cuerpo en la construcción de nuestra identidad y cuánto de esa relación está determinado por nuestra propia experiencia y cuánto por la mirada social. En una época marcada por las redes sociales, los filtros, la exposición permanente y la búsqueda de soluciones rápidas, Baldoncini propuso recuperar una relación menos persecutoria con el cuerpo y más atenta a aquello que cada persona necesita. No se trata de negar los problemas de salud ni de dejar de cuidar el cuerpo, sino de evitar que el cuidado termine transformándose en control permanente y que el peso se convierta en el único criterio para definir bienestar. “Terminamos cayendo en esto de lo que la cultura sabe muy bien: en controlar, en restringir, en pos de qué, de qué peso”, concluyó.