La farmacéutica Adriana Sánchez repasó en “Las tardes de Esther” su historia personal y profesional, desde sus años de estudiante en Rosario hasta la apertura de su farmacia, que en febrero cumplirá tres décadas. También habló de sus raíces familiares, los cambios de Pueblo Esther y el vínculo construido durante años con sus clientes.
Adriana Sánchez nació y creció en Pueblo Esther, localidad que eligió también para desarrollar su vida profesional. Aunque disfruta viajar y conocer otros lugares, asegura que siempre necesita volver porque allí están sus raíces y su lugar de pertenencia. En la entrevista con Las tardes de Esther, contó que su madre también nació en el pueblo y que su padre era oriundo de Villa Gobernador Gálvez, aunque ambos desarrollaron su vida familiar y laboral en Pueblo Esther.
Su vínculo con el pueblo también está atravesado por la historia laboral de sus padres. Su abuelo se dedicaba a la agricultura y tenía un pequeño campo en la zona de Alzúa, mientras que su madre estaba al frente de un mercadito que funcionaba prácticamente como un almacén de ramos generales. Su padre, por su parte, tuvo el primer corralón de materiales de construcción de Pueblo Esther, un emprendimiento que dejó recuerdos entre vecinos que todavía hoy se acercan a Adriana para contarle historias vinculadas con aquella época.
Ese legado familiar ocupa un lugar central en su historia personal. Adriana recordó a su padre, fallecido hace casi dos décadas, y contó que todavía lo extraña todos los días, especialmente en aquellos momentos en los que necesita tomar una decisión y piensa qué habría hecho él. También destacó el ejemplo de su madre, que a sus 80 años continúa trabajando, y atribuyó a ambos los valores relacionados con el trabajo, la responsabilidad, el estudio y el compromiso. “Lo que soy se lo debo a ellos”, expresó durante la conversación.
Después de terminar la secundaria, decidió estudiar Farmacia y viajó diariamente a Rosario para cursar en la Universidad Nacional de Rosario (UNR). Aquella etapa implicaba una rutina muy diferente a la actual: no existían aplicaciones para conocer los horarios del transporte y el servicio de TIRSA podía pasar con intervalos de hasta dos horas, por lo que debía organizar sus jornadas alrededor del colectivo. Salía temprano para llegar a las primeras clases y muchas veces regresaba a Pueblo Esther recién al atardecer.
Se recibió a los 23 años, pero el proyecto de tener una farmacia propia comenzó poco tiempo después. Adriana contó que pudo ponerla en marcha gracias a un crédito que tomó su madre, quien además le cedió un espacio que originalmente funcionaba como jardín de invierno de su casa; incluso vendió un automóvil para poder afrontar parte de la inversión inicial. Las cuotas del crédito quedaron a cargo de Adriana y, con esa estructura, comenzó una actividad que con el tiempo se convertiría en una parte central de su vida profesional.
Los primeros años estuvieron lejos de ser sencillos. En aquella época había solamente tres farmacias en la localidad y todavía no existía un sistema organizado de turnos, por lo que Adriana llegó a trabajar prácticamente de lunes a lunes, incluyendo domingos y horarios extendidos. Con el tiempo comenzaron a organizarse turnos entre los distintos establecimientos y la farmacia llegó a permanecer abierta hasta la medianoche, mientras que la incorporación de Gaby, quien lleva casi tres décadas trabajando junto a ella, permitió sostener esos horarios.
La organización fue cambiando a medida que también se transformaba la localidad. Con el crecimiento de Pueblo Esther se incorporaron nuevas farmacias y el sistema de turnos terminó conformando una rueda que, según Adriana, permitió distribuir mejor el trabajo y garantizar la atención durante las urgencias. La farmacéutica destacó que actualmente el servicio funciona de manera coordinada entre los establecimientos y que incluso personas de localidades vecinas concurren a Pueblo Esther cuando necesitan medicamentos fuera del horario habitual.
Pero detrás de la farmacia hay también una historia construida con los vecinos. Adriana contó que después de casi 30 años de actividad hay familias a las que conoce desde generaciones anteriores: vio llegar a madres embarazadas, luego a sus hijos y, actualmente, a esos mismos hijos acercarse con sus propios bebés. La farmacia cumplirá 30 años en febrero, y esa continuidad le permite observar cómo cambiaron las familias y también la propia localidad.
Ese vínculo aparece asociado a una idea que atravesó buena parte de la entrevista: la transformación de Pueblo Esther. Adriana recordó un pueblo mucho más pequeño, donde al salir a la vereda era habitual conocer a prácticamente todos los vecinos y donde todavía podían verse campos, quintas y espacios abiertos. Hoy observa una localidad más urbanizada y dinámica, aunque reconoce que el crecimiento trae tanto aspectos positivos como pérdidas, entre ellas aquellos paisajes que formaban parte de su vida cotidiana.
También evocó su adolescencia, cuando todavía no existía una escuela secundaria en Pueblo Esther y los jóvenes debían trasladarse a otras localidades para estudiar. Ella cursó en Villa Gobernador Gálvez y recuerda que Arroyo Seco funcionaba entonces como uno de los principales puntos de encuentro para los adolescentes de la zona. Las reuniones en casas, los bailes y los vínculos entre jóvenes de Pueblo Esther, Villa Gobernador Gálvez y Arroyo Seco formaban parte de una dinámica social que, según su recuerdo, generaba una fuerte conexión entre las localidades.
A casi 30 años de haber iniciado aquella aventura profesional, Adriana continúa vinculando su trabajo con una idea de cercanía que también identifica con el pueblo donde nació. La farmacia dejó de ser solamente un comercio para convertirse en un espacio donde se cruzan generaciones, historias familiares y necesidades cotidianas. Su recorrido, atravesado por el esfuerzo de sus padres, la decisión de estudiar una carrera universitaria y la construcción de un vínculo sostenido con sus clientes, forma parte también de la historia reciente de Pueblo Esther.





