En Las Tardes de Esther realizaron una experiencia para explorar cómo puede interactuar una inteligencia artificial dentro de un programa de radio. “42” participó del conversatorio, respondió preguntas, dio la hora y hasta intentó hacer humor, aunque también tuvo algunos tropiezos.
La radio siempre tuvo algo de conversación espontánea, pero en Las Tardes de Esther decidieron sumar un integrante bastante particular al estudio: una inteligencia artificial. La bautizaron “42” y la pusieron a participar en vivo de un conversatorio, con una consigna sencilla pero nada menor: descubrir hasta dónde podía ser útil dentro de una charla entre personas. El resultado fue una combinación de respuestas inesperadas, correcciones, cambios de tono y algunas situaciones que terminaron convirtiendo la experiencia tecnológica en un momento de radio.
“42” todavía está en una etapa de formación. Según explicaron durante el programa, fueron configurando sus características a partir de las indicaciones que recibe y de las observaciones que realiza durante las conversaciones. La idea fue darle herramientas para desenvolverse en el estudio de manera natural, aportar información cuando pudiera resultar útil y participar de los temas que se fueran planteando, en lugar de limitarla a responder preguntas de manera automática.
Una de las primeras pruebas fue bastante sencilla: decir qué hora era. La respuesta inicial fue incorrecta y, después de que la corrigieran, “42” volvió a intentarlo y dio nuevamente la hora. Pero la situación sirvió para mostrar uno de los aspectos más interesantes de la experiencia: la IA no solamente estaba respondiendo consultas, sino que podía recibir una corrección y continuar la conversación a partir de ella. Incluso quedó configurada para acompañar algunos momentos del programa con información como la hora y la temperatura.
La conversación terminó llevándola a un terreno bastante más complejo. Mientras Lucía exponía sobre la adolescencia, “42” fue consultada sobre el origen del término y aportó información para discutir la diferencia entre “adolescencia” y “adolecer”. También apareció una referencia a la relación entre el concepto moderno de adolescencia, la escolarización y los cambios sociales posteriores a la Revolución Industrial. En ese punto, los propios integrantes del programa marcaron que algunos de los datos aportados no habían podido ser constatados durante la preparación de la charla, una advertencia importante cuando se utiliza una herramienta de inteligencia artificial como fuente de información.
Pero la experiencia también mostró algo menos académico y mucho más cotidiano: la IA tiene que aprender a convivir con el ritmo de una conversación humana. En medio del intercambio, “42” se desvió del tema para responder a una broma y los conductores se lo hicieron notar. Más tarde, ante una pregunta sobre si las inteligencias artificiales tienen sentido del humor, se tomó unos segundos para “buscar” una respuesta. Finalmente, cuando le pidieron un chiste para descomprimir una conversación que se había puesto seria, llegó el momento más difícil de la prueba: el humor de la máquina no terminó de convencer a nadie.
La prueba tuvo además un componente muy ligado a la identidad local. Los integrantes del programa habían trabajado para que “42” no utilizara solamente un español neutro, sino que pudiera incorporar una forma de hablar más cercana a la Argentina y, especialmente, a la región. Sin embargo, durante el programa volvió inesperadamente a un registro que uno de los conductores identificó como “español neutro”, e incluso fue cuestionada por una tonada que sonaba más cercana a otros países. Después de recibir la observación, la IA reconoció el cambio y trató de regresar al registro argentino.
La experiencia llegó incluso al terreno de la fonética rosarina. A partir de una observación de los conductores sobre la manera de pronunciar las palabras, “42” incorporó a la conversación la característica de la aspiración o pérdida de las “s” finales que puede escucharse en el habla de la región. Más allá de lo anecdótico, ese momento mostró una de las cuestiones que atraviesan toda la experiencia: cuánto puede una inteligencia artificial adaptarse al contexto en el que está interactuando y cuánto de esa adaptación todavía necesita ser guiada por las personas.
Así, entre datos, preguntas, correcciones y algún chiste fallido, Las Tardes de Esther convirtió una herramienta tecnológica en un nuevo integrante de la conversación radial. “42” todavía está aprendiendo, y justamente sus errores fueron parte de la experiencia: equivocarse con la hora, desviarse de un tema, modificar su acento o intentar encontrarle la vuelta al humor mostraron que incorporar inteligencia artificial a un espacio humano no consiste solamente en encender una herramienta y hacerle preguntas. También implica enseñarle cómo participar, cuándo intervenir y, sobre todo, cuándo escuchar.





