La psicóloga Eugenia Piazza fue entrevistada en “Los lápices siguen escribiendo”, el programa realizado por el centro de estudiantes de la Escuela Estanislao López, y habló sobre las problemáticas que atraviesan a las nuevas generaciones, la salud mental, el impacto de la pandemia y el uso de las redes sociales. También reflexionó sobre la necesidad de recuperar los vínculos, la empatía y los espacios comunitarios como herramientas de prevención.
¿Qué necesitan hoy los jóvenes? La pregunta atravesó buena parte de la entrevista que la psicóloga Eugenia Piazza mantuvo con los integrantes de “Los lápices siguen escribiendo”, un programa producido por jóvenes que decidieron poner en palabras algunas de las preocupaciones que atraviesan a su propia generación.
Eugenia comenzó diferenciando las problemáticas propias de la adolescencia de aquellas situaciones que efectivamente se transforman en problemas de salud. La búsqueda de identidad, la pertenencia, las identificaciones, las elecciones, la sexualidad y las preguntas sobre quiénes son y qué quieren para su futuro forman parte de un proceso propio de esa etapa de la vida. El problema aparece cuando existen impedimentos para atravesar esas experiencias y cuando faltan herramientas para acompañarlas.
En ese punto, la psicóloga introdujo una cuestión central: los límites y las referencias que reciben los adolescentes en una época marcada por profundas transformaciones sociales.
Adolescencia, incertidumbre y salud mental
Para Piazza, muchas de las dificultades actuales están relacionadas con la confusión alrededor del crecimiento, los límites y la construcción de un proyecto de vida. Las preguntas que históricamente forman parte de la adolescencia —qué quiero hacer, de qué voy a trabajar, qué me gusta, cómo quiero vivir mi sexualidad— aparecen hoy dentro de un escenario en el que las referencias parecen mucho menos claras.
La especialista también cuestionó lo que definió como una situación de “sobre medicación” y “sobre diagnóstico” entre los jóvenes. Según su mirada, cuestiones que deberían poder abordarse mediante comunicación, apertura y acompañamiento terminan, en algunos casos, reducidas a respuestas farmacológicas.
La pandemia aparece en ese análisis como un punto de inflexión. El aislamiento interrumpió durante un período prolongado uno de los principales espacios de socialización de niños y adolescentes: la escuela. La consecuencia, según Piazza, fue que buena parte de esos vínculos pasó a desarrollarse a través de las redes digitales, modificando las formas de encontrarse y relacionarse.
“La pantalla parece una de las drogas más peligrosas”
El impacto del uso intensivo de dispositivos y redes sociales ocupó un lugar importante en la conversación. Piazza sostuvo que la pantalla se convirtió en una de las consecuencias más preocupantes que dejó la pandemia y vinculó el consumo permanente de contenidos con cambios en las formas de atención, socialización y construcción de sentido.
La psicóloga cuestionó especialmente el scroll permanente y la exposición constante a estímulos digitales. En su mirada, no se trata simplemente de una cuestión de hábitos personales, sino de un problema que debería ser pensado desde la salud mental y desde las políticas públicas.
La discusión tomó entonces una dirección más profunda: ¿qué horizonte les estamos ofreciendo a los jóvenes?
Piazza planteó que cada sociedad construye determinadas expectativas sobre lo que significa ser joven y convertirse en adulto. En otras épocas existían recorridos más definidos —estudiar, trabajar, independizarse— mientras que actualmente esas referencias conviven con modelos que tienen como protagonistas al influencer, al apostador o incluso a quienes enseñan a otros a obtener beneficios a cualquier costo.
“¿Esas son las propuestas que queremos?”, preguntó la psicóloga, y vinculó esa ausencia de horizontes colectivos con problemas que luego terminan presentándose como dificultades individuales.
“Nunca es de manera individual”
Uno de los conceptos más contundentes de la entrevista apareció cuando los jóvenes plantearon su propia preocupación por el bienestar de sus compañeros.
Desde su lugar en el centro de estudiantes, señalaron que muchas veces son los propios adolescentes quienes pueden advertir que algo está pasando con un compañero. No necesariamente porque sepan cómo resolverlo, sino porque comparten cotidianamente el aula, los recreos, los espacios de encuentro y conocen cambios que quizás otros adultos no llegan a percibir.
La respuesta de Piazza fue contundente: “Si vamos a hablar de prevención, nunca es de manera individual. Es una política pública o no lo es”. Para la psicóloga, hablar de una política pública implica pensar en un Estado presente, capaz de generar condiciones de cuidado y no trasladar exclusivamente a cada joven la responsabilidad de protegerse.
La definición también alcanza a las familias, las escuelas, los clubes y las organizaciones comunitarias. Para Piazza, los adolescentes todavía necesitan adultos que acompañen sus procesos, aunque muchas veces reclamen mayor autonomía.
Empatía no es “ponerse en el lugar del otro”
Cuando los jóvenes le preguntaron cómo acercarse a un compañero que genera preocupación sin hacerlo sentir juzgado o presionado, Piazza se detuvo en una palabra que consideró fundamental: empatía.
Pero planteó una definición diferente a la que suele repetirse. “Empatía no es ponerme en el lugar del otro”, explicó. Es poder pensar al otro como alguien igual a uno, alguien cuyo bienestar importa tanto como el propio.
Desde esa perspectiva, acercarse a un compañero implica escuchar, preguntar y respetar también sus silencios. No significa obligarlo a hablar ni asumir que uno puede resolver su situación.
La psicóloga resumió esa actitud en una idea sencilla pero potente: transmitirle al otro que “no estás solo” y que existe una comunidad alrededor. “Lo que necesitamos en los jóvenes profundamente es que puedan encontrar comunidad”, sostuvo.
El centro de estudiantes como espacio de prevención
La conversación permitió además pensar qué pueden hacer concretamente los propios jóvenes.
Piazza fue cuidadosa al diferenciar situaciones que pueden ser acompañadas desde los vínculos cotidianos de aquellas que requieren una intervención profesional. Frente a autolesiones, automedicación, encierro o ludopatía, señaló que no sería responsable ofrecer indicaciones generales para que otro adolescente intente resolver una situación que requiere contemplar la singularidad de cada caso.
Sin embargo, sí destacó el valor de que los centros de estudiantes puedan contar con adultos referentes y establecer vínculos con áreas sociales, instituciones sanitarias u otros espacios capaces de intervenir cuando sea necesario.
Es decir, los jóvenes pueden ser parte de una red de cuidado, pero no tienen que cargar solos con la responsabilidad de resolver los problemas de sus pares.
Violencia, aislamiento y otras señales que requieren atención
Hacia el final de la entrevista, los jóvenes preguntaron por posibles señales de alerta.
Piazza mencionó situaciones como la violencia, la agresión, la falta de empatía y el aislamiento. También señaló que un adolescente deprimido, con dificultades importantes en la escuela o que no logra establecer vínculos puede estar atravesando una situación que merece atención, aunque ninguna de esas señales permita por sí sola establecer un diagnóstico.
La aclaración es importante: no todo comportamiento difícil o cambio de ánimo significa que exista un problema de salud mental, pero determinados cambios sostenidos pueden constituir motivos para acercarse, escuchar y consultar con un adulto o profesional.
Cuidar a los jóvenes también es decidir qué sociedad queremos
La entrevista de “Los lápices siguen escribiendo” terminó dejando una discusión que excede ampliamente a la psicología.
Piazza invitó a pensar la salud mental de los jóvenes como una cuestión colectiva: qué vínculos construimos, qué espacios de encuentro sostenemos, qué lugar ocupan las escuelas y los clubes, qué referencias reciben los adolescentes y qué políticas públicas existen para acompañarlos.
Los propios jóvenes plantearon durante la entrevista algo que terminó funcionando como hilo conductor: la necesidad de que alguien pregunte cómo estamos cuando no estamos bien.
En tiempos en los que muchas respuestas se buscan individualmente —desde el rendimiento hasta el bienestar emocional—, la mirada de Piazza propone recuperar una idea diferente: nadie se construye completamente solo. La salud mental también se juega en los vínculos, en la posibilidad de pertenecer y en la existencia de una comunidad capaz de escuchar antes de que sea demasiado tarde.





