El histórico ferretero, pescador y vecino de General Lagos repasó su infancia, sus primeros trabajos, el fútbol de otras épocas y los vínculos que unían a las localidades de la región. En una charla con Gustavo Colacurto en “Las Tardes de Esther”, también habló de la familia, la solidaridad y la justicia social como valores que marcaron su vida.
Hay personas que, con el paso de los años, terminan convirtiéndose en parte de la memoria de un pueblo. Albino “Chichino” Mollard es una de ellas. A sus 76 años, conserva recuerdos de una época en la que General Lagos, Pueblo Esther y las localidades de la zona estaban mucho más vinculadas por el trabajo, el fútbol, los bailes, los clubes y los encuentros cotidianos. En diálogo con Gustavo Colacurto, en el programa “Las Tardes de Esther”, recorrió buena parte de esa historia desde sus propias vivencias.
La entrevista comenzó con una presentación que buscó retratar al personaje más allá de su actividad comercial: buen padre, abuelo, ferretero, pescador del Paraná, amante de las tradiciones y de los encuentros familiares y de amigos. Gustavo Colacurto también recordó la primera vez que lo conoció, cuando llegó a Pueblo Esther desde Rosario y entró a una ferretería buscando algunos elementos para una reparación. Aquella escena quedó grabada por un gesto sencillo: Albino le entregó algunos tornillos de más, una muestra de una manera de relacionarse con los clientes y con los vecinos que, según el conductor, representaba una lógica propia de los pueblos.
De trabajar desde adolescente a convertirse en ferretero
Chichino contó que llegó a la zona cuando tenía apenas 15 años y comenzó a trabajar con su cuñado en una ferretería, después de haber crecido vinculado al campo, los caballos, las vacas y la actividad lechera. La búsqueda de un ingreso mayor lo llevó a probar distintos oficios y trabajos, entre ellos la albañilería, tareas en Hacienda y en Somisa, además de diferentes emprendimientos comerciales.
Uno de sus primeros recuerdos de aquellos años está relacionado precisamente con la transformación de los pueblos. Mientras trabajaba como albañil, participó de una obra en la comisaría y, al retirar parte del revoque, descubrieron que las paredes estaban construidas con ladrillos y barro. También recordó los trabajos realizados en el tapial del club y los recorridos que se hacían entre el club, la parada y las calles de un pueblo muy diferente al actual.
Antes de instalarse definitivamente en la ferretería, Albino también tuvo una etapa vinculada a la panificación. Con un furgón recorría localidades de la región vendiendo palitos, chichitos, maníes, pastas y pizzas. La llegada de grandes supermercados a Rosario y su impacto sobre las localidades cercanas modificó ese circuito comercial y terminó afectando aquella actividad.
La ferretería surgió casi de casualidad. Según contó, en una oportunidad fue a Pueblo Esther a comprar unos tornillos y observó la cantidad de gente que había en el comercio. Entonces le propuso a Leo Stiza, quien en ese momento estaba de novio con su hija, que sería interesante abrir una ferretería. La respuesta inicial fue que hacía falta mucho dinero, pero Mollard encontró otra manera de pensar el negocio: comenzar con un tornillo, después una llave, crecer de a poco y volver a invertir. “Empezar a poner un tornillo, hoy, una llave de a poquito”, recordó al explicar cómo fue construyendo el camino que lo llevó hasta la actualidad.
El fútbol como punto de encuentro entre General Lagos y Pueblo Esther
Si hay un recuerdo que aparece con fuerza en la conversación es el fútbol. Para Chichino, en aquellos años los partidos eran mucho más que una competencia deportiva: constituían uno de los principales puntos de encuentro entre General Lagos y Pueblo Esther. El clásico entre ambas localidades formaba parte de la vida cotidiana y reunía a jugadores, familias y vecinos alrededor de los clubes.
Durante la entrevista, “Chichino” hizo un verdadero ejercicio de memoria y comenzó a enumerar nombres y apodos de aquellos futbolistas. Recordó, entre otros, a El Noni, Chupita, Roberto Ambrogi, Raúl Gherardi “Rulo”, Macalio, Ángel “El Choli” Paletini, Duilio Calabreta, El Bachi Pellegrini, Pinocho Dinelli y Vito Tanguise. Muchos de ellos, explicó, vivían en la zona y formaban parte de una comunidad en la que los apodos eran casi una forma de identidad.
La charla derivó entonces hacia una época en la que la vida social de los pueblos se construía alrededor de los clubes, las canchitas, los bailes y los encuentros entre vecinos. Albino recordó especialmente a Pancho Pistón, un amigo de su juventud con quien compartía también las salidas a los bailes en Arroyo Seco. Aquellos vínculos muestran hasta qué punto las localidades de la región estaban conectadas mucho antes de que existieran las actuales formas de comunicación y movilidad.
Una infancia marcada por la imaginación y la solidaridad
Uno de los momentos más emotivos de la entrevista apareció cuando Chichino recordó su infancia. Contó que recibió su primera pelota de fútbol cuando tenía cuatro años, en la estación de General Lagos, cuando su padre la tomó del tren y se la entregó. Recordó que en aquella época, el Presidente Juan Domingo Perón implementó el Dia de las Infancias y como política pública entrega juguetes a quienes, tal vez, nunca tuvieron la posibilidad de que le compren una pelota. La imagen permaneció en su memoria durante más de siete décadas y fue utilizada durante la conversación para hablar de una infancia en la que muchas veces había pocos recursos materiales, pero abundaba la imaginación.
“Tenés que tener la creatividad de poder divertirte”, planteó al recordar cómo los chicos transformaban objetos cotidianos en juguetes: tachos y ramas podían convertirse en una batería, mientras que unos palos servían para imaginar fusiles o espadas. También apareció la pelota de trapo, un elemento que, según recordó, nunca faltaba en aquellas infancias.
Pero detrás de esos recuerdos también aparece una idea que atraviesa toda la conversación: la importancia de compartir. Chihino recordó que en su infancia era habitual que los vecinos intercambiaran alimentos y que aquello se aprendía desde muy temprano. “Entonces vos ya nacías compartiendo”, resumió, al recordar cómo las familias recurrían unas a otras cuando necesitaban algún producto que no tenían en sus propias casas.
La familia como origen de una manera de mirar la vida
El recuerdo de sus padres y abuelos aparece como otra de las claves para comprender la personalidad de Chichino. Su padre murió cuando él tenía apenas cuatro o cinco años y su hermana mayor, ocho años más grande, ocupó junto a su marido un lugar fundamental en su crianza. Fue su cuñado quien lo acercó desde chico al mundo de los talleres, las carreras y los “fierros”, una pasión que, según contó, terminó acompañándolo durante toda su vida.
Ese recuerdo de la infancia fue compartido por Gustavo Colacurto quien también recordó a su abuela, que trabajaba limpiando oficinas en el Puerto de Mar del Plata, y a su abuelo, que era pintor de obras. Una escena de su infancia quedó especialmente marcada: un día llevó a su casa a una compañerita de la escuela que tenía varios hermanos y su abuela, lejos de limitar la comida disponible, agregó más tazas de leche, pan y dulce de leche para que todos pudieran compartir la merienda. Para ambos, ese tipo de gestos familiares fueron fundamentales para construir una forma de mirar a los demás.
Esos recuerdos también ayudan a explicar el lugar que actualmente ocupan sus nietos en su vida. Durante la entrevista habló con orgullo de sus actividades y pasiones, desde el fútbol y el karting hasta otras disciplinas, y destacó que cada uno va eligiendo su propio camino. En ese sentido, reconoció que los tiempos cambiaron y que la relación de los adultos con los más jóvenes ya no responde a las mismas reglas que existían durante su infancia.
“Siempre ir para adelante”
Si hubiera que sintetizar en una frase la filosofía que Mollard transmitió durante la entrevista, probablemente sería la que él mismo eligió: seguir adelante. Habló de las dificultades como “piedritas” que aparecen en el camino y que, en algunos momentos, hay que empujar hasta poder dejarlas atrás. “Y seguís para adelante”, repitió, como una enseñanza que reconoce también en su propia familia.
Esa mirada está directamente relacionada con su concepción de la justicia social. Consultado por Gustavo, Albino afirmó que cree “totalmente” en ella y explicó que a lo largo de su vida fue testigo de muchas situaciones de injusticia. Aunque aseguró que siempre intentó esquivarlas y continuar con su camino, reconoció que es un tema que todavía le provoca dolor.
Su reflexión estuvo vinculada además con las desigualdades que pueden quedar ocultas detrás de las historias personales. Recordó a quienes tuvieron que abandonar la escuela para trabajar, mantener una familia o afrontar situaciones difíciles desde muy jóvenes. Para Chichino, muchas de esas personas cargan con una injusticia dentro de sus propias casas sin necesariamente poder identificarla como tal.
La memoria de los vecinos que hicieron historia
Sobre el final, Gustavo Colacurto explicó el sentido de estas entrevistas: reconstruir, a través de sus protagonistas, una parte de la historia de Pueblo Esther y de la región, recuperando a personas que tuvieron un papel importante en las instituciones, en la vida comunitaria o simplemente en la construcción de los vínculos cotidianos. Chichino eligió recordar a los Borsato, vinculados a un antiguo almacén de Pueblo Esther, como ejemplo de aquellos comerciantes que tenían una relación cercana con sus vecinos.
La escena que recordó vuelve a conectar con una idea que había aparecido durante toda la charla: la generosidad de los pequeños gestos. Contó que cuando acompañaba a su tío al almacén, el comerciante solía recibirlo con un puñado de maní. Eran acciones sencillas, casi insignificantes desde la perspectiva actual, pero que para quienes las vivieron quedaron asociadas a una forma de construir comunidad.
Antes de despedirse, Molliard también mencionó a Herminio Ravitti, a quien definió como un amigo y recordó por las experiencias compartidas en el club. La evocación cerró una entrevista atravesada por nombres, lugares, anécdotas y personajes que forman parte de una historia regional que muchas veces permanece fuera de los grandes relatos, pero que sigue viva en la memoria de quienes la protagonizaron.
La historia de “Chichino” es, en ese sentido, mucho más que la de un ferretero. Es también la historia de un chico que recibió una pelota en una estación de tren, de un trabajador que pasó por distintos oficios, de un vecino que construyó vínculos a través del comercio y los clubes, y de un abuelo que observa cómo las nuevas generaciones toman sus propios caminos. Pero, sobre todo, es el relato de una persona que conserva como una brújula aquella enseñanza que atravesó toda la conversación: compartir, ayudar cuando se puede y, aun cuando el camino se ponga difícil, seguir siempre para adelante.





