Verónica Sciaini lleva 41 años detrás del mostrador de la panadería familiar, un comercio que se convirtió en una referencia ineludible de Pueblo Esther. En una charla con Radio Enlace, reconstruyó la historia de su familia, recordó a su padre y repasó cómo cambió la ciudad que conoció cuando era adolescente.
Hay lugares que dejan de ser simplemente un comercio y pasan a formar parte de la identidad de una comunidad. En Pueblo Esther, la panadería La Verónica es uno de ellos: durante décadas fue punto de encuentro, referencia para llegar a distintos sectores de la localidad y escenario cotidiano de varias generaciones. Verónica Sciaini, propietaria del tradicional comercio, lleva 41 años detrás del mostrador y en una entrevista con Radio Enlace reconstruyó una historia familiar atravesada por el trabajo, el esfuerzo y un vínculo muy particular con los vecinos. Su relato también permitió recuperar la figura de su padre, a quien recuerda no solamente como el hombre que hizo crecer la panadería, sino como alguien profundamente comprometido con la comunidad.
La historia comenzó antes de que la panadería llevara el nombre que hoy todos conocen. Cuando el padre de Verónica llegó a Pueblo Esther, el lugar ya funcionaba como panadería y pertenecía a un vecino de apellido Sabeta. Su familia venía de otra localidad y había atravesado distintas experiencias laborales antes de instalarse definitivamente en el pueblo, hasta que apareció la posibilidad de comprar aquel comercio que estaba deteriorado y que, sin embargo, tenía algo que su padre supo reconocer: potencial. “Estaba muy destruida, muy venida abajo, pero él vio el potencial, vio la posibilidad que iba a crecer”, recordó Verónica sobre aquella decisión que terminaría marcando para siempre la historia familiar.
De una panadería deteriorada a un símbolo de Pueblo Esther
A partir de aquella compra comenzó una etapa de mucho trabajo. Verónica recuerda a su padre como un panadero de oficio, de los que trabajaban la masa prácticamente de manera artesanal, amasando y armando el pan a mano, en una época en la que las bolsas de harina pesaban 75 kilos y el esfuerzo físico formaba parte inseparable de la actividad. Ella misma creció incorporando naturalmente la jerga y los códigos propios de la panadería, aprendiendo expresiones que para quienes estaban afuera podían resultar extrañas, pero que para su familia formaban parte de la vida cotidiana. “Mucho laburo”, resume al hablar de aquellos años y de todo lo que significó levantar el negocio.
Pero la historia de La Verónica no se explica solamente por el crecimiento del comercio. Para Verónica, su padre construyó una relación muy particular con los habitantes de Pueblo Esther, porque además de vender pan y facturas estaba permanentemente en contacto con la gente. Recuerda que recorría las calles, saludaba a los vecinos con un bocinazo y tenía una especial atención con los chicos que encontraba durante sus recorridas. “Cualquier niño que él viera, era propio, y factura, pan, no le faltó a nadie”, contó, y aseguró que todavía hoy personas ya adultas se acercan para contarle que cuando eran chicos su padre les daba pan o facturas cuando tenían frío o hambre.
Ese recuerdo es, para ella, una de las mayores herencias que dejó su padre. No habla solamente del negocio familiar ni de los bienes materiales, sino del cariño que quedó instalado entre quienes lo conocieron. “Es el mejor legado que dejó mi papá”, afirmó al referirse a ese reconocimiento que continúa apareciendo en conversaciones cotidianas. Y hay algo que le resulta particularmente significativo: escuchar la historia de su padre a través de otras personas le permitió descubrir dimensiones de su vida que, por ser su hija, quizás no había alcanzado a dimensionar completamente.
“Siempre hay que mirar para atrás”
Entre las enseñanzas que Verónica conserva de su padre hay una frase que, con los años, adquirió un significado especial: “Mirá para atrás, Vero”. Durante mucho tiempo no comprendía exactamente qué quería decirle cuando se lo repetía, especialmente porque ella reconoce tener un carácter fuerte y ser de enojarse cuando las cosas no salían como esperaba. Con el tiempo entendió que su padre intentaba enseñarle a mirar la realidad de otras personas antes de encerrarse en los propios problemas.
“Había gente que lo estaba pasando mal, que lo mío no era tan dramático, que todo tenía solución”, explicó al recordar aquella enseñanza. Para Verónica, su padre tenía una especie de “universidad de la calle”, porque aunque no había tenido la posibilidad de formarse académicamente, había aprendido de la experiencia y de su relación permanente con los demás. Esa filosofía no quedaba solamente en las palabras, porque, según cuenta, su forma de actuar era coherente con aquello que predicaba: mirar al otro, tender una mano y ayudar cuando fuera necesario.
Ese compromiso también se trasladó a las instituciones de Pueblo Esther. Su padre participó en espacios vinculados con la cooperativa y fue integrante de la cooperadora de la Escuela Nº 149 José Hernández, además de colaborar en actividades destinadas a recaudar fondos para la institución. Verónica recuerda que el pan de la panadería estaba presente en choripaneadas, eventos y distintas iniciativas comunitarias, porque para su padre colaborar era parte natural de su manera de entender la vida. “Él creía en la cooperación, en que era de todos”, contó.

Una familia que también construyó comunidad
La historia de los Sciaini no termina en la figura del padre. La madre de Verónica también tuvo un papel importante en la relación de la familia con Pueblo Esther y, de hecho, fue reconocida como Ciudadana Ilustre a partir de una iniciativa impulsada por vecinas de la localidad. El reconocimiento tuvo detrás una historia que conmovió particularmente a Verónica: una de las mujeres que promovió la distinción recordó públicamente que, durante una infancia atravesada por situaciones familiares muy difíciles, iba junto a su hermana a pedir pan y facturas a la panadería.
Lo que esa mujer destacó no fue solamente que la familia le entregara comida, sino la manera en que lo hacía. Según relató Verónica, le dijo a su madre: “Yo le agradezco más el amor que la factura, el amor con el que me dio”. Para la familia, ese recuerdo fue especialmente movilizador porque sus padres no tenían conciencia de que aquellos gestos cotidianos podían adquirir semejante importancia en la vida de otra persona. “Ellos naturalizaban las cosas que por ahí para otros no es tan común”, explicó.
Con los años, Verónica comenzó a comprender esa dimensión comunitaria desde otro lugar. Cuando vecinos que hoy son adultos se acercan y le cuentan historias de su infancia, siente que está conociendo a su padre a través de los ojos de quienes compartieron el pueblo con él. Por eso también expresa un agradecimiento particular hacia Pueblo Esther, porque considera que la comunidad le devolvió a su familia parte de todo aquello que sus padres entregaron durante décadas. La panadería, en ese sentido, terminó siendo mucho más que un negocio: se convirtió en un lugar donde esas historias familiares y comunitarias se cruzaron.
41 años detrás del mostrador
Verónica comenzó a trabajar en la panadería siendo muy joven. Hoy tiene 61 años y lleva 41 años detrás del mostrador, una rutina que describe con la naturalidad de quien convirtió el trabajo en una forma de vida. La jornada comienza alrededor de las cinco de la mañana y prácticamente no existen días de descanso, porque incluso el lunes dejó de ser una jornada de cierre. Esa continuidad explica también por qué para tantas generaciones de vecinos La Verónica se transformó en una referencia cotidiana.
El crecimiento del comercio tuvo además una figura fundamental: su marido. Según contó, cuando él se quedó sin trabajo comenzó a trabajar junto a su padre y rápidamente demostró tener capacidad tanto para resolver cuestiones técnicas como para participar de la producción. “Te arregla un horno y te hace el pan”, lo describió Verónica, y contó que su padre encontró en él a la persona a quien podía delegar parte del proyecto. Con el tiempo, el crecimiento de la panadería fue impulsado fundamentalmente por su marido, siempre con el acompañamiento de la familia.
Sin embargo, hay algo que no cambió con la expansión del comercio ni con las transformaciones de la ciudad: el vínculo emocional de Verónica con el lugar. El olor a facturas continúa remitiéndola directamente a su infancia y a los momentos en que iba al colegio, mientras que la panadería sigue funcionando como una especie de archivo vivo de recuerdos familiares. “Los olores de la panadería también forman parte de los recuerdos”, expresó, porque detrás de cada aroma aparecen escenas de su padre, su madre y su propia historia.
De aquel pueblo pequeño a la ciudad de hoy
La conversación también permitió mirar la transformación de Pueblo Esther desde los ojos de alguien que vivió buena parte de ese proceso. Verónica recuerda una adolescencia en un pueblo donde había pocas alternativas y para estudiar era necesario trasladarse a Arroyo Seco, Villa Diego o Rosario. La vida social también estaba concentrada en unos pocos lugares informales de encuentro y, según su recuerdo, no existía un club que funcionara como espacio de pertenencia para los adolescentes.
“Era bien pueblo, bien aldea”, resume al recordar aquellos años. Su padre solía contar que cuando la familia se mudó había prácticamente “un farolito y gracias”, una imagen que contrasta fuertemente con el Pueblo Esther actual. La transformación, según observa, fue progresiva durante mucho tiempo, pero se aceleró especialmente en los últimos años, con la llegada de familias provenientes de Rosario y Villa Gobernador Gálvez y el crecimiento de la oferta comercial, educativa y deportiva.
Para Verónica, una de las grandes diferencias está precisamente en las posibilidades que hoy tienen los jóvenes. Cuando sus hijas crecieron, todavía era necesario trasladarse a otras localidades para estudiar y desarrollar buena parte de la vida social; en cambio, actualmente observa que chicos de 14 o 15 años ya cuentan con espacios de pertenencia dentro de la propia ciudad. Hay hockey, fútbol, básquet, dibujo y distintas actividades que antes simplemente no existían. “Hay mucha oferta ahora”, destaca, y considera que ese cambio representa una de las transformaciones positivas de Pueblo Esther.

El saludo que todavía define al pueblo
Pero el crecimiento también trajo cambios en los vínculos sociales. Verónica nota que aquella costumbre de saludarse con un “buen día” o “buenas tardes”, que para ella representa una cuestión básica de educación, comenzó a perderse a medida que Pueblo Esther dejó de funcionar como un pequeño pueblo donde prácticamente todos se conocían. En su experiencia, el anonimato y el ritmo acelerado de las ciudades grandes comenzaron a aparecer también en la vida cotidiana de la localidad. “Para mí es de buena educación”, sostiene al hablar de esa costumbre que se resiste a abandonar.
Esa transformación genera una mirada ambivalente. Por un lado, reconoce que Pueblo Esther creció y que hoy existen oportunidades y espacios que antes no estaban; por otro, siente que algo de aquella cercanía cotidiana se fue perdiendo. Su madre todavía se sorprende cuando alguien pasa frente a ella y no saluda, porque durante décadas ese gesto fue parte de una comunidad donde conocerse y reconocerse era casi inevitable. En ese contraste entre crecimiento y pérdida de ciertas costumbres aparece buena parte de la identidad de la ciudad actual.
Y quizás por eso La Verónica conserva un significado que excede ampliamente la venta de pan y facturas. En un pueblo que se transformó rápidamente y que hoy busca construir nuevas referencias de pertenencia, la panadería continúa siendo uno de esos lugares donde todavía se puede encontrar una parte de la historia anterior. Verónica Sciaini, detrás del mostrador, representa una continuidad entre aquel Pueblo Esther pequeño y la ciudad que existe hoy, mientras el nombre de su familia permanece ligado a una idea que se repite en su relato: trabajar, ayudar y mirar al otro.





