La psicóloga, docente e investigadora dialogó con los jóvenes de “Los Lápices siguen Escribiendo” sobre salud mental, adolescencia y prevención del suicidio. Planteó que el sufrimiento no puede abordarse como un problema individual, destacó el papel de las escuelas y los vínculos comunitarios y llamó a construir espacios donde la palabra pueda circular.
La salud mental de los jóvenes no puede pensarse únicamente desde el consultorio. También se construye en las escuelas, en las familias, entre amigos, en los clubes y en todos aquellos espacios donde los adolescentes encuentran pertenencia y pueden sentirse escuchados.
Esa fue una de las principales ideas que dejó la entrevista de Paula Sague, psicóloga, docente de la Facultad de Psicología e investigadora, además de directora del Programa de Salud Mental en Contexto Escolar. La especialista dialogó con los integrantes de “Los Lápices siguen Escribiendo”, en una conversación que abordó el sufrimiento psíquico, el suicidio, la prevención, las redes de contención y el papel que pueden asumir los propios jóvenes.
Para Paula Sague, las estadísticas que muestran el crecimiento de determinadas problemáticas de salud mental entre jóvenes obligan a mirar una realidad más profunda: existe una profundización del sufrimiento psíquico en una etapa de la vida en la que comienza a construirse un proyecto de futuro. Pero ese proyecto, advirtió, no es lineal. Y en el contexto actual muchos adolescentes observan el futuro a través de una realidad atravesada por la incertidumbre, la fragmentación y el desencanto.
Salud mental: mucho más que la ausencia de enfermedad
Uno de los primeros planteos de la psicóloga fue cambiar la manera de pensar la salud mental. La especialista explicó que no debería entenderse solamente como la ausencia de una enfermedad, sino como un proceso relacionado con la posibilidad concreta de ejercer derechos sociales, económicos y culturales. Desde esa perspectiva, las condiciones en las que viven las personas también forman parte de su salud.
“Todos participamos y todos construimos salud mental”, sostuvo al hablar específicamente del ámbito educativo. Para Sague, profesionales y no profesionales forman parte de una construcción comunitaria y fortalecer el llamado tejido social implica también fortalecer los lugares de pertenencia, las trayectorias personales y los vínculos familiares.
La mirada permite correr el eje de una pregunta habitual —“¿qué le pasa a este joven?”— hacia otra más amplia: ¿qué condiciones estamos generando alrededor de ese joven?
La escuela como lugar para alojar y potenciar la vida
Para Sague, la escuela tiene un papel privilegiado en la prevención porque no es solamente un espacio donde se enseñan contenidos. Es también uno de los principales lugares de socialización de niños y adolescentes. Allí se construyen amistades, pertenencias, experiencias y vínculos con adultos que pueden convertirse en referentes significativos.
Por eso propuso algo concreto: generar espacios regulares de encuentro donde pueda circular la palabra. No necesariamente tienen que estar coordinados por un especialista en salud mental. Puede ser un docente, un preceptor o cualquier adulto con quien los estudiantes hayan construido un vínculo de confianza.
Pero además planteó una diferencia importante: esos espacios no deberían aparecer solamente cuando existe un problema. “La salud es nuestra vida, es la calidad de vida, es cómo generamos condiciones para un vivir mejor”, explicó. Por eso, la prevención también consiste en crear experiencias que entusiasmen, generen pertenencia y permitan a los jóvenes imaginar otros horizontes.
“No solamente cómo queremos tramitar el dolor, sino cómo queremos vivir”
Durante la conversación, Paula destacó que los propios estudiantes tienen muchas ideas para transformar la experiencia escolar. Mencionó propuestas que surgieron en talleres realizados en distintas escuelas: jornadas deportivas, espacios de encuentro, talleres de salud mental, actividades culturales e incluso recuperar antiguas formas de reunión entre estudiantes. Para la psicóloga, esas iniciativas tienen un valor que muchas veces se pierde cuando la escuela es pensada exclusivamente desde lo académico.
Las instituciones educativas, sostuvo, pueden convertirse en experiencias transformadoras. No solamente deben alojar el dolor cuando aparece, sino también potenciar la vida y construir condiciones para un vivir mejor. La idea también fue retomada por los jóvenes del programa, que explicaron que desde el centro de estudiantes comenzaron a preguntarse qué podían hacer ellos mismos frente al malestar de sus compañeros.
¿Cómo acercarse a un compañero que está mal?
Una de las preguntas más concretas de la entrevista fue también una de las más importantes: ¿qué puede hacer un adolescente cuando nota que un compañero no está bien? La respuesta de Sague estuvo lejos de proponer recetas. En cambio, puso el foco en prestar atención y no minimizar aquello que el otro está expresando.
Uno de los mitos que buscó desarmar es el de que una persona que expresa ideas relacionadas con la muerte simplemente “quiere llamar la atención”. Para la especialista, incluso si alguien estuviera buscando llamar la atención, la pregunta debería ser otra: ¿quién va a prestársela? “Yo no soy quién para decir si esa valoración es mucha o poca”, explicó. Cada persona experimenta el sufrimiento de una manera singular y no corresponde medir el dolor ajeno con la propia vara.
Por eso, escuchar, acercarse y volver a preguntar al día siguiente cómo está alguien pueden ser gestos importantes. No significa asumir el rol de un profesional ni intentar resolver una situación compleja por cuenta propia: significa no dejar pasar una expresión de sufrimiento.
Las señales que no deberían ignorarse
Sague también explicó que no siempre existe una situación dramática o un acontecimiento traumático fácilmente identificable detrás de una crisis. Una persona puede estar atravesando un momento difícil que desde afuera parece menor, pero que subjetivamente le genera un sufrimiento profundo. Cuando ese sufrimiento no encuentra un cauce a través de la palabra, el llanto o la contención, puede transformarse en un factor de riesgo.
Entre las situaciones que pueden llamar la atención mencionó el aislamiento, el retraimiento, cambios en el aspecto personal y determinadas modificaciones en la conducta. Pero aclaró que observar una de estas situaciones no equivale a diagnosticar un problema. Lo importante es registrar que algo cambió y acercarse. Preguntar cómo está el otro, transmitirle que importa y, cuando sea necesario, recurrir a un adulto o profesional.
Hablar de suicidio no lo provoca
En el marco del mes de prevención del suicidio, los jóvenes también le preguntaron directamente a Sague si hablar del tema puede provocarlo. Su respuesta fue clara: del suicidio hay que hablar, pero hay que saber cómo hacerlo.
La especialista señaló que los medios de comunicación tienen recomendaciones específicas para abordar esta problemática y remarcó que no debe romantizarse ni presentarse desde una perspectiva heroica o victimista. Tampoco corresponde difundir métodos, imágenes ni explicaciones simplistas que atribuyan un suicidio a una única causa.
Para Paula Sague, la manera responsable de comunicar es hablar del sufrimiento humano, de la posibilidad de pedir ayuda y de las redes de contención. Y existe otra definición central: no se trata de una problemática exclusivamente individual. “Esto es un problema sociosanitario que tiene que ser tratado como una cuestión de salud pública”, sostuvo.
“No soy débil por pedir ayuda”
Hacia el final de la entrevista llegó la pregunta quizás más difícil: ¿qué le diría a un adolescente que se siente solo?La respuesta de Sague fue una reivindicación de los vínculos.
Explicó que el malestar y el sufrimiento forman parte de la vida, pero que la salud también tiene que ver con la capacidad de atravesar esos conflictos. Y hay algo que, según sostuvo, debe quedar claro: no estamos hechos para atravesarlos solos. “No soy débil por pedir ayuda”, afirmó. Pedir ayuda no necesariamente significa contar todo lo que sucede ni exponerse de una manera para la que todavía no se está preparado. También puede significar compartir un momento, encontrarse con amigos, practicar un deporte, recuperar espacios de pertenencia o simplemente estar con otros.
La especialista cerró con una imagen sencilla: muchas veces la angustia se intensifica cuando se vive en soledad, mientras que el encuentro con otro puede generar un alivio suficiente para volver a pensar y empezar a construir otro horizonte posible.
Una conversación que también interpela a los adultos
La entrevista de “Los Lápices siguen Escribiendo” dejó una conclusión que excede a los adolescentes. Si la salud mental se construye también en los vínculos, entonces la prevención no puede quedar depositada exclusivamente en quien está sufriendo. Requiere escuelas capaces de escuchar, familias presentes, espacios comunitarios, adultos referentes, políticas públicas y una sociedad que no convierta cada situación de sufrimiento en un problema individual.
Los jóvenes que realizaron la entrevista partieron de una preocupación concreta: qué pueden hacer ellos por sus compañeros. La respuesta de Paula Sague amplió la pregunta: no solamente qué pueden hacer los jóvenes, sino qué estamos haciendo los adultos y las instituciones para construir una sociedad donde pedir ayuda sea posible.
Porque, en definitiva, cuidar la salud mental también significa construir condiciones para que nadie tenga que atravesar solo aquello que no puede soportar.





