En su columna semanal de salud mental en Radio Enlace, la psicóloga Valeria Baldoncini reflexionó sobre cómo los mandatos culturales influyen en nuestras decisiones, el peso de la culpa y la dificultad de poner límites sin sentir que decepcionamos a los demás. También analizó la falta de diálogo en los vínculos, la ansiedad y una cultura que parece exigir respuestas inmediatas para todo.
¿Cuántas veces hacemos algo que no queremos por miedo a decepcionar a otra persona? ¿Cuántas decisiones tomamos porque sentimos que es lo que corresponde, aunque no coincida con lo que deseamos? Esas preguntas atravesaron la columna de salud mental de Valeria Baldoncini en Enlace de Noticias, donde la psicóloga propuso revisar el lugar que ocupan la culpa y los mandatos culturales en nuestra vida cotidiana. A partir de situaciones habituales, como aceptar una invitación para no decir que no o sostener elecciones para cumplir con las expectativas ajenas, planteó la necesidad de preguntarnos cuánto hay de propio en aquello que hacemos.
La influencia de los mandatos culturales
Valeria Baldoncini explicó que muchos de los comportamientos que naturalizamos se construyen desde la infancia, a partir de la familia, la escuela y el entorno social. La cultura transmite formas de vincularnos, normas de convivencia y modelos sobre cómo debemos comportarnos, amar o construir una familia. El problema aparece cuando esas pautas se convierten en mandatos que seguimos sin preguntarnos si realmente nos representan. Como ejemplo, señaló que crecer en un entorno donde los gritos o la violencia son habituales puede llevar a incorporar esas conductas como parte natural de una relación, aunque en la adultez sea necesario revisar ese aprendizaje.
La psicóloga sostuvo que tomar conciencia de un mandato no significa que sea sencillo abandonarlo. Muchas veces, las personas reconocen que están respondiendo a expectativas externas, pero aun así les cuesta modificar sus conductas. Por eso, propuso revisar las decisiones tomadas a lo largo de la vida y preguntarse qué lugar tuvieron los deseos propios y cuánto pesaron las exigencias sociales. La posibilidad de cambiar, explicó, no implica desconocer las consecuencias de lo vivido, sino aprender de ellas y empezar a construir un camino más acorde con lo que cada persona quiere.
Culpa, responsabilidad y decisiones
Uno de los ejes centrales de la conversación fue la culpa, una palabra que, según la psicóloga, aparece con frecuencia en el consultorio. La profesional planteó que suele funcionar como una categoría cerrada, que deja a la persona atrapada en la pregunta sobre si es culpable o no, sin permitirle explorar con claridad qué siente, qué hizo y qué puede hacer con esa situación. Frente a esa lógica, propuso incorporar otras nociones, como la responsabilidad y las consecuencias de las decisiones, para abrir nuevas posibilidades de reflexión.
“Vivir significa una toma de decisión continua”, expresó durante la columna. Desde esa perspectiva, elegir implica asumir que nuestras acciones producen consecuencias, algunas deseadas y otras no. El trabajo no consiste en eliminar cualquier malestar, sino en poder revisar las elecciones y reconocer qué se puede modificar. Esta mirada también permite pensar por qué, en ocasiones, alguien acepta situaciones que le generan incomodidad solo para evitar un conflicto o no decepcionar a otra persona.
En ese punto, la conversación abordó la dificultad de encontrar un equilibrio entre considerar las necesidades propias y contemplar las de los demás. Valeria Baldoncini señaló que un vínculo saludable no debería construirse desde la renuncia permanente de una de las partes ni desde la imposición de una sola voluntad. En cambio, requiere que las personas puedan expresar lo que sienten, comunicar sus necesidades y construir acuerdos. La posibilidad de decir que no, sin que eso signifique dejar de querer al otro, forma parte de ese aprendizaje.
La falta de diálogo y los vínculos en la actualidad
La comunicación apareció como otra de las grandes dificultades de la época. Durante la entrevista, la psicóloga advirtió sobre la distancia entre estar permanentemente conectados a través de dispositivos y construir vínculos en los que exista un intercambio genuino. En su análisis, la falta de diálogo dificulta expresar deseos, incomodidades y necesidades, incluso en ámbitos íntimos como las relaciones de pareja. También mencionó la importancia de poder hablar sobre la sexualidad, preguntar qué le gusta al otro y expresar aquello que genera placer o incomodidad, sin dar por sentado que esas conversaciones ocurren de manera espontánea.
Para la psicóloga, poner en palabras lo que nos pasa puede aliviar el malestar y ayudar a elaborar las experiencias. Compartir una preocupación con una amistad, por ejemplo, puede generar una sensación de descarga y permitir que aquello que parecía confuso empiece a tomar forma. Cuando esa posibilidad se reduce, las emociones y preocupaciones pueden quedar sin un espacio claro de elaboración. Por eso, recuperar conversaciones presenciales y construir espacios de escucha aparece como una herramienta importante para fortalecer los vínculos.
Ansiedad, exigencias y la cultura de lo inmediato
La columna también avanzó sobre la ansiedad y la presión por resolverlo todo rápidamente. Valeria Baldoncini vinculó parte del malestar contemporáneo con una cultura que promueve respuestas inmediatas, consumo constante y soluciones que prometen resultados sin atravesar procesos. En ese contexto, cuestionó la idea de que cualquier dificultad pueda resolverse con una respuesta rápida, sin revisar los hábitos, las condiciones de vida o los factores que contribuyen a sostener el problema.
La psicóloga relacionó esta dinámica con las dificultades para encontrar tiempo para el descanso, el movimiento y las actividades que permiten salir de la rutina. Mencionó alternativas como caminar, nadar, bailar o realizar ejercicio físico, no como una solución universal a la ansiedad, sino como formas posibles de recuperar espacios personales y canalizar tensiones. Al mismo tiempo, reconoció que las exigencias laborales, económicas y familiares hacen que muchas personas tengan dificultades reales para reservar tiempo para sí mismas. En ese sentido, cuestionó los discursos que presentan el bienestar como algo sencillo de alcanzar con solo proponérselo.
Otro de los temas fue el aumento de las consultas y los diagnósticos vinculados con la salud mental, especialmente en la infancia y la adolescencia. Baldoncini planteó interrogantes sobre las condiciones actuales de las escuelas, las dificultades para sostener la atención en aulas numerosas y el uso permanente de celulares. Sus reflexiones apuntaron a la necesidad de analizar también los entornos sociales y educativos, en lugar de reducir todas las dificultades a características individuales. Se trata de una discusión que, según se desprendió de la charla, requiere considerar cada situación en particular y evitar generalizaciones.
El vínculo con la comida y la búsqueda de soluciones rápidas
Hacia el final, la conversación incorporó la relación entre ansiedad, alimentación y búsqueda de resultados inmediatos. Valeria Baldoncini señaló que comer no responde únicamente a una necesidad fisiológica: también forma parte de encuentros sociales, celebraciones y costumbres culturales. Por eso, advirtió que modificar el apetito sin revisar el vínculo con la comida puede dejar preguntas importantes sin responder, especialmente cuando la alimentación también cumple una función emocional.
En ese marco, cuestionó las promesas de soluciones mágicas para bajar de peso y la expectativa de obtener cambios duraderos sin modificar hábitos. La reflexión no apuntó a desestimar tratamientos médicos, sino a poner en discusión la idea de que una intervención aislada pueda resolver por sí sola una situación compleja. La profesional también manifestó preocupación por el uso de productos o medicamentos sin control adecuado, un tema que requiere evaluación y seguimiento de profesionales de la salud.
La columna dejó planteada una pregunta que atraviesa los distintos temas abordados: ¿cuánto de lo que hacemos responde a una elección propia y cuánto a las exigencias que incorporamos de nuestro entorno? Revisar los mandatos, reconocer las emociones, asumir las consecuencias de las decisiones y aprender a comunicarnos son procesos que llevan tiempo, pero pueden abrir la posibilidad de construir vínculos más saludables y una vida más cercana a los propios deseos.





