Por Se77imo
Matías la esperaba en la esquina de siempre. El sol caía a plomo y el interior del auto era una cápsula de fuego. No podía bajar los vidrios polarizados. Sandra había sido clara.
—Nadie tiene que verte.
De tanto en tanto encendía el motor para que el aire acondicionado disipara el calor y, con él, el temblor que le recorría el cuerpo. No sabía si transpiraba por el verano o por lo que estaba a punto de decir.
La vio aparecer a lo lejos. Dejó a su hijo en el jardín, intercambió las últimas sonrisas con otras madres y cruzó la calle con ese trote leve que parecía una forma de música. Su cuerpo avanzaba acompasado, seguro de sí. Matías la miraba como si cada encuentro fuera el primero.
Se habían conocido en el cumpleaños de Abel. Apenas un cruce de miradas, dos sonrisas sostenidas un segundo más de lo prudente. No hubo palabras: el impacto fue inmediato, inevitable. Ella estaba acompañada. Pero eso no detuvo la pasión.
Nunca imaginaron que lo efímero se volvería costumbre. Los encuentros comenzaron a repetirse, primero urgentes, luego necesarios. Los besos perdieron filo y ganaron hondura; los abrazos, antes voraces, se volvieron refugio. El fuego seguía ardiendo, pero ya no quemaba: iluminaba.
Y en esa luz, Matías empezó a reconocerse enamorado.
Cuando ella subió al auto, lo besó con esa mezcla de deseo y distancia que siempre lo desarmaba. Se acomodó la ropa, se puso los anteojos oscuros, miró al frente. Fueron adonde siempre.
A la vuelta, Matías detuvo el auto unas cuadras antes y apagó el motor. El silencio se espesó de inmediato. Ella lo miró. Bastaron unos segundos para que la sonrisa se extinguiera en su rostro.
—Ni se te ocurra —dijo, apenas un hilo firme—. Ya sabés que no.
Él intentó hablar, pero las palabras se deshicieron antes de nacer. Sandra se acomodó los anteojos y, sin agregar nada, señaló con el dedo el lugar habitual. El límite.
El resto del camino transcurrió mudo.
Al llegar, bajó con un «chau» breve, helado, que dejó suspendido todo lo que no iba a decirse jamás.
Durante meses no se vieron.
Ella no volvió a.co testar.sus mensajes.Tampoco volvieron al cumpleaños de Abel.
Ahora, a veces, Matías pasa por el jardín a la misma hora. La observa en silencio cruzar la calle, radiante como siempre. Ya no lo busca. Ella sube a otro auto que la espera en la esquina y que también lleva vidrios polarizados.