LAS SESIONES DEL ESCRITOR

Autor: Nico Mussetto

René vivía en una casa de campo. Eran las seis de la tarde, la primavera estaba comenzando en Pueblo Esther. El clima era agradable, al igual que los sonidos en ese momento. Se escuchaban algunas chicharras y la claridad todavía entraba por la ventana; había una brisa suave, pero se hacía notar. Con ella traía una humedad que era un poco disminuida por el agradable día soleado. No hacía calor; hasta unas semanas atrás todavía estaba fresco.

La vegetación crecía con ganas y algunas flores que parecían panaderos soltaban pelusitas voladoras, así esparcían sus semillas. Todo comenzaba a florecer con una fuerza impresionante.

En este contexto se encontraba René. Por dentro, la amplia casa estaba bastante ordenada, a excepción de la pileta para lavar los platos y del escritorio frente a la ventana. Este era bastante grande, pero estaba abarrotado de cosas. Libros y cuadernos con anotaciones llenaban el lugar. Sobre algunas sillas cercanas podían verse libros de mitología nórdica, como El canto de los Nibelungos, algunos libros de Tolkien; en anotadores, textos escritos a mano sobre criaturas de la noche, palabras resaltadas en inglés, como “children of the night”, fragmentos de poemas de William Blake. Entre las cosas también reposaban VHS de películas de acción de los años 80, con los bordes de la cajita desgastados: Cobra, Comando y algunas cintas de Steven Seagal. Algo notorio de estas portadas era que, en todas y cada una, a pesar de las distintas tramas y títulos, Steven siempre sostenía algún arma de fuego. Por ahí también asomaba una revista vieja con Jean Claude en la tapa sosteniendo unos cuchillos. También, como desentonando, había libros de religión, algunos de ellos abiertos y marcados en capítulos donde se leían las palabras “más allá” o “muerte”. En la mesa, al costado del escritorio, entre cosas desparramadas, destacaban un trípode, una grabadora de voz y un tocadiscos, este último encendido y girando arriba un vinilo de Joy Division, “Atmosphere”, a volumen suave.

René se había quedado dormido con ropa. Estaba cansado de escribir y se había recostado en la cama un rato, a pesar de que el tiempo lo apremiaba y debía terminar. No tenía tanto sueño; en realidad, quería escribir, pero se sentía bloqueado. Cuando comenzó a despertarse todavía no había oscurecido. Se levantó y miró por la ventana hacia un parque con abundante verde. Luego intentó ubicarse en el tiempo mirando un almanaque que había en la pared, que marcaba una fecha cercana con la frase “reunión entrega” en color rojo. Mientras se desperezaba, escuchó unos ruidos que provenían de la cocina: sonido a vajillas y cucharas, la pava eléctrica encendida. René se acercó a ver.

—¿Recién te despertás, René? Perdón, me tomé el atrevimiento de hacerme un té, ¿querés uno?

Un hombre enano revolvía un pocillito con una cuchara demasiado pequeña para sus manos y dedos anchos.

—¿Qué vas a hacer ahora? ¿Tenés que escribir? ¿Querés que aprovechemos para charlar un rato sobre mi historia?

René rascó la parte trasera de su cabeza y luego se dirigió al baño. Mientras se iba de la cocina dijo:

—Uno de manzanilla quiero.

—¡Muy bien! —dijo Nathanael, el enano.

René recorrió el pasillo y entró al baño, que estaba bastante limpio y ordenado. Se ató el pelo, lavó su cara, se higienizó y se lavó los dientes. Abrió la puerta del botiquín y observó un frasco anaranjado con unas pastillas; cerró el botiquín y se sentó en el inodoro. Automáticamente, al sentarse, apareció Homero, su gato. Empujando la puerta, entró al baño, miró a René fijamente y, entrecerrando los ojos, comenzó a ronronear. René lo acarició y el ronroneo se hizo más fuerte. Homero se subió a la bacha y miró el grifo. René estiró su brazo y abrió levemente la canilla: un chorrito muy fino de agua comenzó a salir. A Homero le encantaba el agua; le despertaba mucha curiosidad los artefactos por donde salía, por lo que miró atentamente por unos pocos segundos cómo fluía el líquido del grifo y se iba por el agujero, haciendo un ruido a goteo en las cañerías. Lo siguiente fue empezar a tocarla con su pata delantera: primero salpicó un poco y luego comenzó a mojar sus garras y lamerlas, tomando un poco de la canilla. René lo observó un instante y luego se lavó las manos. El gato, al ver que había cuidado correctamente a su dueño y amigo René de cualquier depredador que pudiera atacarlo en ese estado de desprotección momentánea, se retiró del baño rápidamente, orgulloso de haber cumplido con lo que entendía como su deber. René terminó de lavarse las manos y fue al living.

Al salir, Nathanael estaba sentado en la mesa con las dos infusiones y unas masitas.
 René tomó su libreta y una birome del escritorio y se sentó con Nathanael; este tenía los bigotes mojados y ya estaba comiendo unas galletitas con el té. René se sentó, tomó un sorbo y lo saludó.

—Ya está oscureciendo —dijo René—. Me quedé dormido.
 —Sí, sin embargo, no hace nada de frío —respondió Nathanael—. ¿Qué te parece si nos ponemos a trabajar en mi historia, René?
 —¿En dónde nos habíamos quedado la última vez?
 —Creo que cuando me dieron el baúl de mis padres. Hablamos del contenido, de las cosas que había ahí guardadas.
 —Ah, sí. Me contaste algo del libro que había, que te pareció llamativa la tapa, por lo viejo que era y lo bien que se conservaba.
 —Sí, me acuerdo. De todas formas, si no te molesta, me gustaría contarte sobre las visiones o los sueños, ya que hace poco tuve algunas muy fuertes —comentó Nathanael.
 —Algo ya habíamos charlado, pero contame desde cero, así tomo nota.
 —Bueno, desde cero entonces. Esto que a veces veo son como sueños lúcidos, visiones.
 —¿Alucinaciones? —preguntó René.
 —No lo sé, puede ser, pero surgen en momentos donde no estoy haciendo otra cosa. No sabría decirte qué es exactamente, pero sí puedo contarte lo que veo. Algunas son agradables y otras son terribles, como pesadillas, pero las siento como si estuviera allí, aunque nunca me pasaron a mí en realidad; como recuerdos que no son míos.
 —¿Y qué ves?

Nathanael respiró hondo y suspiró; se preparaba para hablar de algo incómodo.

—Bueno, estaba sentado haciendo nada cuando comencé a agitarme. Froté mis ojos y de repente estaba allí —Nathanael hizo una pausa—. Primero empecé a escuchar cada vez menos, como si alguien bajara el volumen gradualmente, hasta que mi alrededor dejó de oírse completamente. Recuerdo que moví mi mandíbula y hablé para comprobar si me escuchaba a mí mismo. Todo disminuyó hasta apagarse. Comencé a asustarme un poco: de repente estaba sordo. Luego fue la visión. Pestañeaba para que se fuera lo borroso de los ojos. Los abrí y cerré varias veces y, de repente, la visión también se había ido por completo. Por un corto momento no vi ni escuché nada, hasta que, de a poco, del azul oscuro apareció una pequeña llama que fue agrandándose. No la veía con claridad, todo estaba borroso, pero por su movimiento pude entender que se trataba de fuego. Era de noche. Entonces, los sonidos empezaron a hacerse audibles de nuevo, de a poco, pero eran horribles: gritos de voces graves, sonidos de metales… daba la sensación de que estaba en medio de una guerra. Cuando la vista fue aclarándose, se podían ver armas de mano medievales y hombres; aunque no los veía muy bien, me di cuenta de que eran enanos como yo. Mi visión estaba muy sensible, el fuego lograba encandilarme, era abrazador, cada vez más grande, en más partes: fuego en todos lados. Sentí que mi pulso estaba por las nubes. Empecé a gritar, pero parecía que mi garganta no lograba emitir sonido, o eso me parecía. Ya no entendía si gritaba de desesperación o para intimidar a quien podría lastimarme. Todo era salvaje, había sangre. De repente, tenía sangre en mis manos y me vi sosteniendo un cuerpo. Lo solté, asustado: cayó al suelo, que era de tierra; volaban chispas en la brisa… De golpe volví a estar sentado en el lugar donde me encontraba antes de la visión, como si me despertara de una pesadilla. Estaba gritando solo. El corazón me iba a mil, mi boca estaba seca y yo desesperado; fue horrible, como el peor ataque de pánico… Me caí de la silla intentando salir a algún lado… Me arrastré…

Una risa se escuchó en el fondo del living de René. Había una figura alta, de pelo largo, lacio y blanco; al parecer, estaba escuchando todo.

—¿No soportás una simple visión de guerra? —dijo Rafael, que los observaba desde el costado de la biblioteca del escritor. Con un marcado acento español continuó—: Yo vivo en ellas constantemente, estoy maldito por mis pecados, lo acepto e intento hacer lo mejor que puedo en el presente. Deberías hacer lo mismo, Nathanael.

—Ah, bueno, mirá quién apareció. Hacía mucho que no andabas por acá y justo ahora tenés que caer —dijo el enano.

—Te estoy ofreciendo un consejo y me contestás de esa manera. Parece que tu parte bruta no está solo en tus visiones.

—No empiecen a tratarse mal, ya saben cómo terminamos todos si no mantenemos un poco de respeto —dijo René.

—¿Y qué respeto pueden tener estas dos criaturas, René? No son humanos como nosotros —dijo un hombre de remera ajustada, jeans azules y zapatillas blancas de suelas altas, que caminaba desde la cocina abriendo una lata de cerveza que llevaba en la mano. Parecía salido de una película de acción de los años 80. Hablaba con un acento español neutro, parecido a un acento mexicano.

—Te robé una; luego te conseguiré un pack —dijo.

—Necesito que puedan convivir si quieren que escriba sobre ustedes. De lo contrario, no voy a poder terminar con ninguno. No puede ser que aparezcan de la nada. No es normal, y tampoco es educado. Uno debe avisar al socializar con otra persona, criatura, ser o lo que fuere —dijo René.

—Nos querés decir que no somos personas —dijo Rafael.

—Perdoname, René, es momento de cambiar un poco el humor. Solo quiero que entiendas que deberías empezar escribiendo sobre mí, no pierdas el tiempo con esas ilusiones inventadas. Yo tengo 534 años. Hace mucho tiempo que estoy aquí, mis conocimientos son amplios; he conocido incluso parientes tuyos que ni siquiera tú conocés. He conocido a vuestra bisabuela, René, tú no sabías eso. Tengo muchísima información. Relatos de muchos humanos que han pasado por este mundo.

Lo interrumpió Alexander.

—Si hablamos en términos de tiempo de vida, bueno, sí, debería escribir sobre vos, Rafael, porque sos el más viejo de todos. Yo quedaría último, porque el enano este también vive… ¿cuántos años tenés?

—Ciento veinticuatro —respondió el enano.

Alexander continuó diciendo:

—Claro, ¿ves? Mirá la edad que tiene. Yo soy el único humano, al menos más humano que estos dos, así que sí: si hablás en cuanto a cantidad de tiempo, entiendo tu punto. Pero, en cuanto a calidad, mi vida, al ser más corta, es más intensa. Nosotros nos jugamos todo, no tenemos ganas de perder el tiempo; lo disfrutamos, tenemos que aprovechar cada momento.

—Bueno, arrancó el cliché con patas —dijo el enano.

La discusión fue subiendo de tono por diferentes motivos y argumentos, hasta que estuvieron ya prácticamente insultándose a los gritos, compitiendo para que sus historias fueran escritas por René.

El escritor, abrumado, se dirigió a la cocina a tomar un vaso de agua. Notó que su respiración estaba agitada. Desde la cocina podía escuchar cómo los tres personajes ya se decían cosas hirientes y sin sentido alguno. Logró oír que hasta se echaban en cara sus diferentes traumas, problemas familiares y cómo algunos habían crecido sin sus padres. René parecía no entender cómo habían llegado a tal punto. Quizás la necesidad de existir de estos personajes era tan fuerte que solo podían oponerse uno a otro, porque se intuían, de alguna manera, como antagonistas. Aunque la realidad era que cada uno debería tener su propia historia: Nathanael, Alex y Rafael eran protagonistas, cada uno de su historia. Los temas a los que había llegado la discusión de estos tres comenzaron a afectar a René; después de todo, él tenía traumas muy parecidos a los que se vociferaban en la habitación contigua. Tal vez él estaba influenciando con sus propios sentimientos a los seres extravagantes que peleaban por su historia. Pensó en la ansiedad que le generaba la fecha de entrega en el almanaque: necesitaba cumplir con su trabajo para poder mantenerse. Comenzó a sentirse sobrepasado de emociones y de pensamientos. En ese momento pensó si no sería mejor tomar las pastillas y terminar con todos esos gritos que escuchaba venir desde el living.

Fue en ese momento cuando Homero bajó de una alacena y acarició con su cabeza el brazo de René. El escritor consiguió distraerse con el gato, que comenzó a acariciar, y mientras este ronroneaba estiró su mano y abrió la canilla de la pileta. Homero miró por un instante el chorro de agua y luego se volvió hacia René, nuevamente, frotando su cabeza en el brazo.

René se relajó un poco y se dirigió a Homero como si el gato pudiera comprenderlo:

—No parece ser un buen momento, quizás no terminemos nunca de hablar y llegar a un acuerdo. Probablemente todo esto es por mi culpa, quizás soy yo el problema. Al mismo tiempo, siento que no es así, que quizás los demás están equivocados. Si esto fuera malo, me cerraría en mi propio ego: tengo razón y los demás se equivocan. O sí, estoy completamente confundido; entonces los demás tienen razón y yo estoy loco. Mi cabeza ya no quiere pensar tanto en todo esto, creo que estoy confundiendo personajes con personas. Me tomaría la pastilla, Homero, pondría música y me relajaría. Quizás meditar ayude…

René miró fijo a Homero.

—¿Estaré confundido?

René se dirigió al baño, abrió la puerta del botiquín detrás del espejo y tomó el frasco anaranjado con las pastillas. Lo destapó y observó el frasco desde arriba, apoyado en la pileta del baño. Se quedó unos segundos así. Luego lo tapó y lo volvió a guardar. Se mojó un poco las manos y apenas si humedeció su cara un poco, en la zona de sus ojos. Respiró hondo, una profunda inhalación. Se miró en el espejo y exhaló.

—Son emociones, solo emociones, dejalas que pasen, dejalas ir —decidió ordenarse a sí mismo y actuar sin sus pastillas.

Salió del baño hacia el living.

Al llegar al living, se cruzó de brazos y escuchó unos segundos, con atención, la discusión que seguía escalando.

—Vos estás obsesionado con tener información sobre tus padres.
 —¿Y qué tiene de malo querer saber sobre mis padres? —contestó, completamente alterado, Nathanael.
 —No lo critiques, Rafael. A vos, porque nunca te quisieron los tuyos…
 —Hablás de mis padres y vos creciste a los golpes del tuyo.

Alexander golpeó la mesa con furia.

René comenzó a hablar en voz bastante alta.

—Bueno, basta, hasta acá voy a soportar.

Respiró y bajó un poco la voz.

—Ya están hablando sobre padres y madres que no estuvieron. Y estoy completamente seguro de que la culpa de los conflictos que tienen no es de ninguno de ustedes tres. A lo sumo, podría ser mía. Yo les afirmo: cada uno de ustedes será protagonista en su propia historia. Vamos a organizarnos, poner horarios.

Los tres se quedaron en silencio, sorprendidos, pero acatando la voz de mando de René, quien siguió hablando sobre cómo armar una agenda de entrevista con cada uno, en distintos momentos del día, según la rutina de cada personaje. René empezó a sentir alivio y volvió al estado de calma. Rafael, Nathanael y Alex se marcharon, cada uno por su lado.

René se dirigió a una mesita de cóctel, tomó un ron que estaba al lado de una lata de cerveza vacía; ya no recordaba si había sido Alex quien la había bebido o él. Se dejó caer en su sillón, en silencio, agotado pero tranquilo. Disfrutó del silencio por unos minutos, volvió a incorporarse, caminó hasta una habitación que tenía una estantería cargada de una gran producción de hongos adaptógenos, observó los colores por un momento, controló la humedad y volvió a cerrar la puerta. Le cambió el agua y le repuso la comida a Homero.