La Orden. La lucha por una Nueva Rosario está en marcha.

Por Settimo

#26 — L1 — Conspiración en marcha

Tras atravesar el pasadillo, La Rubia descubre que este la lleva al antiguo Opus Dei, ahora sede de un grupo religioso aun más extremista. Al entrar, presencia un perturbador ritual de auto flagelación de una joven. Finalmente, desde una terraza, presencia el ajusticiamiento brutal del grupo que comandaba su compañera. Justo cuando cree que todo está perdido, recibe debiles señales por el intercomunicador, lo que deja un atisbo de esperanza.

Ocho horas antes…, en la noche de la fiesta de “La Reinvindicacion”…

Sometidos en la cocina del Salón, Grande y el canciller Chichoni, forcejeaban tratando de escapar.
Cuando Vaisman dio la orden, el guardia que sostenía a Chichoni por el cuello, tomó de su cabeza con su otro brazo y giró como quien hace girar un trompo. Las vértebras del Canciller resonaron en los oídos de todos los presentes y a la vez por nuestros intercomunicadores.

Tras semejante escena, Grande no vaciló; su reacción fue rápida, propinó dos cabezazos raudos: uno a Vaisman, de frente, y otro hacia atrás, a su captor, suficiente para inutilizarlos Líquido al tercer guardaespaldas y así pudo escapar.

Vaisman reaccionó:

—¡Guardias, atrapen a ese sujeto! —gritó desde el suelo, cegado por el cabezazo.

Tomo el radio y mandó orden:

—¡Procedan con el contraataque!… ¡¡¡ Lagostena, cumpla con su parte, ahora!!!

Inmediatamente, se empezaron a escuchar disparos distantes del lugar mezclados con la estática de la radio del embajador. La emboscada habia comenzado.

Al oír el pedido de auxilio de Vaisman, tres guardias que se encontraban en el sector de la antecocina salieron en busca de Grande, pero no tuvieron éxito. Desde la salida de servicio de la cocina informaron:

—¡Señor, ha escapado! ¡Ha desaparecido, se ha desvanecido en el aire, señor!

—¡Imbéciles, búsquenlo… no debe estar lejos! —dijo molesto Vaisman mientras tropezaba con los cadáveres que yacían en el piso—. ¡Soldado, saque estos cuerpos de mi vista! —El cuerpo de Chichoni aún estaba en el piso de la cocina, junto al otro guardia que Raúl había liquidado.

¡Rata inmunda… jamás pensé que tuvieras tantas agallas! —vociferó mientras la sangre le caía de la boca sobre el cadáver del canciller. Terriblemente frenético, envió la advertencia por todos los canales de comunicación:

¡El Alcalde interino debe ser detenido inmediatamente, cueste lo que cueste!… ¡Más les vale que aparezca, porque los asesinaré a todos… recua de holgazanes! ¡Manden aviso a todos los oficiales de la zona con carácter de máxima prioridad!

¡Y usted! —le dijo al otro guardaespaldas, maltrecho por el cabezazo—, vaya a recibir primeros auxilios, su frente sangra a borbotones. Lo espero en el Salón Principal.

Vaisman no dejaba de dar órdenes mientras se dirigía al salón, limpiándose la boca ensangrentada y acomodándose su uniforme de gala, cuadrando sus medallas. La fiesta seguía en el salón, pero las noticias de disparos cerca del monumento no tardaron en llegar y la gente comenzó a murmurar. La situación se volvió insostenible y Vaisman tomó el micrófono del auditorio.

—Señores, tenemos noticias de que en las inmediaciones del Monumento a la Bandera hubo un sorpresivo intento de toma armada de la Secretaría de Promoción Social. Un grupo de terroristas intenta llevarse, robar mejor dicho, de nuestras cajas de seguridad la partida de ayuda destinada a los ciudadanos que más lo necesitan. Un hecho miserable. Estamos recibiendo noticias de que los sediciosos están siendo controlados. Las fuerzas de seguridad de La OCS ya están actuando, debemos calmarnos y seguir disfrutando de esta noche apacible y alegre.

En ese instante, el ruido de una explosión lejana hizo añicos el intento de minimizar los hechos. La muchedumbre comenzó a retirarse rápidamente en medio de murmullos que anunciaban la noticia de la explosión de la cúpula de la Catedral.

Uno de los invitados se aproximó al embajador; era el Juez Paul Morrà, actual interventor en el Congo, de visita en Nueva Rosario.

—¿Vaisman, está seguro qu’est-ce que tu dis ?—preguntó en su entremezclado francés -español.

Natürlich , completamente. El pánico hace que las personas no piensen y deleguen rápidamente las responsabilidades a otros; solo quieren soluciones y liberarse del peso que conllevan —le dijo serenamente—. Esto recién comienza.

—Pues tenga cuidado. Soy de un país donde históricamente las revoluciones que se manifestaron contra los gobernantes no terminaron muy bien y se convirtieron casi en un slogan, monsieur.

¡Boom! ¡Boom!

Sonaron dos explosiones más, y la última se sintió muy cercana. Los invitados comenzaron a gritar y correr desesperados.

¡Beruhige dich , calma, mis amigos! —dijo Vaisman, falsamente, a la multitud, casi disfrutando de la situación.

Siguió hablando con Morrà mientras gesticulaba con las manos hacia el público.

—¿Así que fue un slogan que no terminó tan bien? —comentó en voz baja—. Pues… no me parece, Sr. Juez. La historia Gabacha que me enseñaron me dice que esa revolución fue solo un cambio de nombre. Los ideales jacobinos yacen antiguos hoy en día y son fáciles de refutar. Al fin y al cabo, su famosa revolución terminó con un tal Napoleón formando un Riech.

Oui, sí, pero lo perdió todo en Waterloo , si no me equivoco —lo interrumpió con voz más elevada debido a los gritos de la gente—. Los imperios también caen. Solo le recuerdo que les têtes tombent , embajador. Siempre hay cabezas rodando… gane quien gane. Au revoir, ambassadeur.

Morrà, se giró con un gesto de desprecio refinado, ofreció el brazo a su asistente y descendió los escalones con lentitud. El gentío vociferaba, pero el juez parecía flotar entre el tumulto, como si estuviera bajando del Palais Bourbon .

Vaisman lo siguió con la mirada endurecida.

— ¡ Leck mich am Arsch , maldito francés! —gruño entre dientes mientras este se perdía en la multitud—, Scheißkerl de modales delicados… púdrete junto con tus champañas baratas.

Junto a Vaisman se acercó el guardia que había recibido el cabezazo del fugado Raúl Grande. Su tabique reflejaba una fractura, con un corte pronunciado y hematomas importantes alrededor de sus ojos.

—Embajador, ¿cuándo salimos? ¿Voy por el aeromóvil? —le preguntó con voz nasal y dificultad para respirar.

—¡¡ Jetzt , ya mismo!!—gritó Vaisman—. Pero tráeme el aeromóvil nuevo que me obsequiaron, mein “Schwarzer Vogel” . Vamos a probar qué tan bueno es para una batalla. Quiero saber si estos insolentes revolucionarios son tan valientes. Hoy tengo deseos de sangre… y vaya si correrá mucha.