Bomberos Voluntarios: historias de entrega, sacrificio y compromiso al servicio de la comunidad

En el Día del Bombero Voluntario, Luis Ayala, Sergio y Ana compartieron sus historias de vida, la vocación de servicio, los desafíos emocionales y el compromiso cotidiano que sostiene al cuartel de Pueblo Esther.

Cada vez que ocurre un incendio, un accidente o una emergencia, hay un grupo de personas que deja lo que está haciendo, se despide de su familia sin saber qué va a encontrar y sale hacia el lugar donde otros necesitan ayuda. No cobran un sueldo por hacerlo. No tienen horarios. No conocen feriados. Tampoco saben si regresarán tranquilos a sus casas o si cargarán durante años con imágenes difíciles de olvidar.

En el Día del Bombero Voluntario, Luis Ayala, Sergio y Ana visitaron los estudios de Radio Enlace para compartir una conversación que fue mucho más allá de las anécdotas operativas. Hablaron de vocación, de compañerismo, de pérdidas, de formación y de una institución que, para muchos de ellos, terminó convirtiéndose en una segunda familia.

La fecha tiene una profunda carga histórica. El 2 de junio recuerda la creación del primer cuerpo de bomberos voluntarios del país, nacido en el barrio de La Boca en 1884 por iniciativa de Tomás Liberti y un grupo de vecinos que decidió organizarse para enfrentar un incendio. Desde entonces, miles de argentinos y argentinas eligieron dedicar parte de su vida al servicio comunitario.

En Pueblo Esther, el cuartel cuenta actualmente con 32 integrantes entre personal activo, aspirantes y cadetes. Dentro del cuerpo operativo participan mujeres y hombres que se capacitan permanentemente para responder a situaciones cada vez más complejas.

Pero detrás de los números hay historias personales que explican por qué alguien decide ponerse un uniforme y asumir una responsabilidad que muchas veces implica exponerse al dolor, al riesgo y al sufrimiento humano.

Una institución que salva vidas, pero también transforma vidas

Cuando le preguntaron por qué decidió convertirse en bombera, Ana respondió con una sinceridad que atravesó toda la entrevista.

Contó que llegó al cuartel en un momento particularmente difícil de su vida. Siempre había sentido interés por el voluntariado, pero fue dentro de la institución donde encontró algo más profundo. “Yo estaba pasando una etapa bastante fea en mi vida y me di cuenta de que esto era lo que me iba a ayudar a salir. Bomberos me devolvió las ganas de vivir”, expresó emocionada.

Su historia refleja una realidad que muchas veces permanece invisible. Los bomberos no solamente brindan ayuda a la comunidad. También construyen vínculos, generan pertenencia y ofrecen espacios de contención humana.

Ana destacó además el crecimiento de la participación femenina dentro del cuartel. Recordó que las primeras mujeres activas comenzaron a desempeñarse en Pueblo Esther en 2010 y valoró el cambio cultural que se produjo durante estos años.

“Para nosotros no hay diferencias. Trabajamos todos iguales. Es una actividad históricamente asociada a los hombres, pero las mujeres demostramos que podemos estar a la par en esta tarea”, afirmó.

También resaltó el compañerismo que encontró dentro de la institución. “Tengo una experiencia hermosa dentro del cuartel. Siempre lo recomiendo. Solamente tengo cosas buenas para decir de mis compañeros y de mis jefes”, señaló.

Una pasión que comienza en la adolescencia

Para Sergio y Luis, la historia empezó cuando apenas tenían 15 años.

Sergio recordó que todo nació observando a un grupo de amigos durante los partidos de fútbol. En medio de una conversación o de un entrenamiento, sonaban varios teléfonos al mismo tiempo y todos salían corriendo. La curiosidad lo llevó a preguntar qué estaba pasando: “me dijeron que eran bomberos. Fui al cuartel, vi el compañerismo, las ganas de trabajar en equipo y sentí que ese era mi lugar”, contó.

Luis también llegó siendo adolescente. En su caso, la historia tiene un componente casi cinematográfico. Se escapaba de su casa para asistir a las capacitaciones porque su familia desconocía que estaba iniciando su camino como bombero: “mi mamá me siguió un día y casi me mata”, recordó entre risas. Pero detrás de la anécdota aparece una convicción que sigue intacta dos décadas después. “Bomberos nos formó como personas. Nos enseñó respeto, solidaridad y valores que después llevamos a todos los ámbitos de la vida”, afirmó.

Esa formación trasciende ampliamente la tarea operativa. Luis explicó que hoy el cuartel incluso colabora con instituciones de otras provincias, compartiendo materiales, equipamiento y conocimientos adquiridos durante años de trabajo: “todo lo que a nosotros nos costó conseguir se lo brindamos a otros cuarteles. Cuando ves el valor que ellos le dan a eso, te llena de orgullo”, sostuvo.

“Vemos lo que nadie quiere ver”

Uno de los momentos más profundos de la entrevista llegó cuando hablaron de la formación de nuevos aspirantes.

Los bomberos de Pueblo Esther reciben cada vez más jóvenes interesados en sumarse al cuerpo activo. Sin embargo, desde el primer día dejan algo en claro: la realidad no se parece a las películas: “nosotros no les contamos cuentos de hadas”, explicó Luis al describir las charlas iniciales con quienes desean ingresar. “Los bomberos consumen tiempo de tu vida y hay que aprender a acomodar todo para poder cumplir con esta responsabilidad”.

Luego sintetizó en una frase la esencia de la profesión: “nosotros vemos lo que nadie quiere ver, tocamos lo que nadie quiere tocar, olemos lo que nadie quiere oler y cuando todos salen corriendo nosotros tenemos que entrar”.

La definición resume con crudeza la dimensión humana del trabajo que realizan. Porque detrás de cada emergencia existen escenas que dejan marcas difíciles de borrar.

El peso emocional que nadie ve

La comunidad suele observar a los bomberos cuando llegan a una emergencia. Ve los uniformes, los móviles y la capacidad de respuesta. Lo que pocas veces se percibe es lo que ocurre después.

Luis relató situaciones que todavía lo acompañan años más tarde. Recordó incendios de gran magnitud, accidentes fatales y operativos complejos que exigieron decisiones bajo presión extrema.

También describió el enorme desgaste psicológico que implica intervenir en tragedias donde hay víctimas o situaciones particularmente traumáticas: “perder un compañero bombero es más doloroso que perder un familiar”, confesó al recordar uno de los momentos más difíciles que atravesó la institución en mayo de 2014, cuando dos bomberos voluntarios de Pueblo Esther, Mónica Aguirre y César Morinigo, fallecieron en el marco de un trágico operativo de rescate en el río Paraná.

Con la voz quebrada, explicó que algunas heridas nunca terminan de cerrarse: “hasta el día de hoy me cuesta superar algunas situaciones. Son cosas que uno lleva para siempre”, reconoció.

La presión emocional es tan intensa que, en ocasiones, algunos integrantes deben alejarse de la actividad para preservar su salud mental: “hay chicos que descubren que no están preparados para determinadas situaciones. Y está bien reconocerlo”, explicó.

Una familia construida entre guardias, incendios y aprendizajes

A lo largo de la conversación apareció repetidamente una palabra: orgullo.

Luis habló con emoción sobre el crecimiento de Sergio dentro de la institución. Lo vio ingresar siendo un adolescente y años después convertirse en jefe del cuartel: “yo lo vi crecer. Lo formamos, lo capacitamos y hoy verlo ocupar ese lugar me llena de orgullo”, expresó.

Luego recordó una imagen que resume el paso del tiempo: “me acuerdo de su primer incendio. Tenía una bicicletita gris y vino de madrugada porque teníamos una emergencia importante”, relató.

Para quienes integran el cuartel, la relación construida durante años trasciende ampliamente el trabajo operativo. Se transforman en compañeros, amigos y familia.

El reconocimiento de una comunidad

Los bomberos también aprovecharon la entrevista para agradecer el acompañamiento permanente de los vecinos, de la Municipalidad y de distintas instituciones que colaboran con el crecimiento del cuartel.

Actualmente impulsan una campaña para adquirir una autobomba cero kilómetro, uno de los proyectos más importantes de los últimos años. Según señalaron, la respuesta de la comunidad viene siendo muy positiva: “cada vez que hacemos una rifa o una campaña, la gente acompaña. Eso nos permite seguir creciendo y dar mejores respuestas”, destacó Sergio.

Sin embargo, más allá de los vehículos, los equipos o la infraestructura, el verdadero capital de la institución sigue siendo humano.

Son hombres y mujeres que responden a cualquier hora del día o de la noche. Que aprenden a convivir con el miedo. Que se entrenan para actuar cuando otros no pueden hacerlo. Que cargan con historias difíciles, pero siguen adelante porque entienden que alguien los necesita.

Y que, aun después de años de servicio, siguen encontrando razones para continuar. Porque para ellos ser bombero voluntario no es solamente una tarea. Es una forma de vivir. Gracias a todos los bomberos y bomberas de Pueblo Esther.