La psicóloga Valeria Baldoncini reflexiona sobre el ejercicio de la clínica psicoanalítica en Pueblo Esther, los desafíos de atender en una ciudad pequeña, los tabúes que aún persisten sobre la terapia, el acceso a la salud mental y el valor del psicoanálisis como un proceso profundo y sostenido en el tiempo.
Ejercer la psicología en una ciudad como Pueblo Esther implica mucho más que abrir un consultorio y recibir pacientes. Supone, ante todo, habitar el mismo territorio que quienes consultan, compartir espacios comunes y construir un vínculo profesional atravesado por la cercanía cotidiana. Desde esa experiencia, la psicóloga Valeria Baldoncini, quien atiende en los consultorios Psico.Esther, ubicados en calle Irigoyen 1282, comparte una mirada amplia sobre la práctica clínica, el acceso a la salud mental y los cambios culturales que atraviesan a la disciplina.
Valeria ejerce en la ciudad desde hace tres años. Antes, su consultorio funcionaba en una galería céntrica, y el paso a instalarse definitivamente en Pueblo Esther no estuvo exento de dudas. “Al principio me costó bastante empezar. No es fácil romper con el tabú de ser psicóloga en el mismo lugar donde una vive”, reconoce. La cercanía, lejos de ser solo una ventaja, también interpela a pacientes y profesionales: cruzarse en el supermercado, en la pileta o caminando por el barrio forma parte de la escena cotidiana.
En ese contexto, Valeria remarca la importancia de despejar temores frecuentes. “Lo que más aparece es la desconfianza a que se rompa la confidencialidad. Por eso siempre aclaro que el secreto profesional es un criterio ético básico, no solo en psicología, sino en toda la rama de la salud”. Según explica, muchas personas evitan consultar en su propia ciudad por miedo a ser expuestas, cuando en realidad el resguardo de la intimidad es una condición innegociable del ejercicio profesional.
La psicóloga trabaja principalmente con adultos, aunque también recibe adolescentes en determinados casos. Cada proceso comienza con una o más entrevistas iniciales destinadas a evaluar la demanda. “No podemos tomar todos los casos. Así como un médico se especializa, en psicología también hay límites, y cuando es necesario se deriva”, señala. En ese sentido, destaca el valor del trabajo colectivo entre colegas y la necesidad de construir redes profesionales locales para acompañar mejor a los pacientes.
Valeria se forma y trabaja desde el psicoanálisis, corriente que define su escucha clínica. “Es la orientación que elegí y desde donde pienso los procesos”, explica, aunque aclara que conoce y respeta otras líneas teóricas. Frente a la imagen estereotipada del analista silencioso, se permite una sonrisa: “Lo primero que me preguntan es si voy a hablar. Conocerme tres minutos alcanza para darse cuenta de que no me quedo callada”.
En los últimos años, la visibilidad del psicoanálisis en series y producciones audiovisuales también ayudó a desarmar prejuicios. Valeria menciona el impacto de fragmentos virales donde se humaniza el vínculo terapéutico. “Celebro que se muestre que el terapeuta es un ser humano. Yo abrazo, pregunto cómo están, cuento que tengo hijos. Hay una distancia psíquica que se cuida, pero eso no significa deshumanizar el vínculo”.
Uno de los aspectos que más aparecen en su práctica es el peso del género en la consulta. “En mi experiencia, las mujeres consultan mucho más. Nos preguntamos más, nos revisamos más”, reflexiona. Los varones, en cambio, suelen llegar más tarde o derivados, y muchas veces prefieren terapeutas varones. Aun así, celebra que cada vez más personas se animen a iniciar un proceso terapéutico, incluso por primera vez en su vida.
La psicóloga plantea una idea que atraviesa toda la entrevista: el análisis no debería ser solo una respuesta a la crisis. “Me gusta pensarlo como un modo de vida. No ir solo cuando uno está mal, sino como un espacio de revisión y cuidado”, sostiene. Al mismo tiempo, aclara que forzar un proceso no tiene sentido: el deseo de analizarse es una condición fundamental.
En el trabajo con adolescentes, surge con frecuencia una escena repetida: padres que piden turnos para sus hijos, pero no se incluyen a sí mismos en el proceso. “Muchas veces el chico viene cargado con algo que es del núcleo familiar. Nadie viene de un repollo, todos somos producto de una historia, de una crianza, de un contexto”, afirma. En ese punto, subraya la importancia de pensar a la familia como parte del proceso terapéutico.
El acceso a la salud mental es otro eje central de la conversación. Valeria Baldoncini reconoce que el contexto económico impacta directamente en la continuidad de los tratamientos. “Aparece mucho el pedido de sesiones cada 15 días, y desde el psicoanálisis eso es problemático, sobre todo cuando hay angustia”, explica. En esos casos, se abre un diálogo honesto sobre las posibilidades reales del paciente y el valor que se le asigna al cuidado de la salud mental.
“El análisis implica tiempo, formación, estudio, libros, supervisión. No es beneficencia”, aclara, al tiempo que señala las enormes dificultades del sistema público y la insuficiente cobertura de las obras sociales y prepagas. “La mayoría reintegra montos muy bajos y con mucha demora, lo que termina empujando a la gente a sostener la terapia de manera particular”, explica.
Pese a las dificultades, Valeria destaca una transformación positiva en la comunidad. Cada vez más vecinos y vecinas eligen atenderse en Pueblo Esther, evitando los costos y tiempos de traslado a Rosario. “Eso también habla de una valorización de lo local y de la confianza que se va construyendo”, señala.
Con una mirada comprometida y sin idealizaciones, la psicóloga advierte que la demanda en salud mental crece de manera sostenida, especialmente entre jóvenes y adolescentes, mientras las respuestas estatales siguen siendo insuficientes. “Podés poner más profesionales, pero si no hay políticas integrales, siempre va a faltar”, reflexiona.
Desde su consultorio, Valeria Baldoncini sostiene una práctica clínica atravesada por la ética, la cercanía y la convicción de que hablar, revisar y pensarse no es un lujo, sino una necesidad. En una comunidad que todavía arrastra prejuicios, su trabajo cotidiano contribuye a correr el velo sobre la salud mental y a instalarla como una prioridad colectiva.
