María Borgiani aprendió a nadar en el Club Alumni de Casilda, de la mano de grandes profesoras. Una de ellas, Mónica Gherardi, quien fue entrenadora de Federico Grabich, el nadador olímpico. Desde entonces, el agua fue su territorio: compitió hasta los 31 años con los nadadores máster de Rosario, participó de una tripulación femenina de vela y después se sumó al triatlón. Pero fue en el paratriatlón donde encontró una de las experiencias más intensas de su vida: durante cinco años fue guía de Anabel Moro, una nadadora paralímpica con discapacidad visual.
La atleta casildense, concida en el mundo del atletismo como Borgi, fue guía de la nadadora paralímpica Anabel Moro durante cinco años en paratriatlón, una disciplina en la que el guía nada, pedalea y corre junto al atleta con discapacidad visual. Juntas compitieron en Copas del Mundo y quedaron a un paso de los Juegos de París, pero la falta de recursos económicos les impidió clasificar.
“El atleta-guía tiene la obligación de hacer las tres disciplinas un poquito más rápido que el atleta, porque es guía. En el agua tenés que guiarla para que no se vaya a cualquier lado, sobre todo porque el triatlón se compite en aguas abiertas”, explicó en diálogo con Garra y Gambeta, el programa de Radio Enlace. La disciplina incluye 750 metros de natación, 20 kilómetros de bicicleta y 5 kilómetros de carrera. En el agua, la comunicación es mínima: “No te escuchan nada. La vas tocando un poquito. Teníamos algunos códigos: si le tocaba una vez era hacia la izquierda, si le tocaba dos veces era hacia la derecha. Si sacás la cabeza y hablás, no solamente perdés la inercia de la natación, sino que perdés el ritmo, la velocidad”.
El reglamento de la Federación Internacional de Triatlón establece condiciones precisas. “La soga con la que te atás, que es elástica, puede estar desde la cintura para abajo. Nosotros la utilizamos desde la pierna, que es donde menos teníamos problemas en la movilidad para nadar. Tenía una longitud máxima de 80 centímetros. Yo no podía estar más de 50 centímetros delante de ella nadando y además tenés que ir manteniendo el mismo ritmo porque si no la soga te molesta y te empieza a empujar”, detalló.
La bicicleta, el momento de mayor riesgo
Si el agua parecía el desafío más complejo, María Borgiani asegura que lo era más la bicicleta. “Anabel venía de la natación, era nadadora, y a mí me costaba más la bicicleta. Imaginate cuando vos llevás una bolsa en una bicicleta: se te mueve porque no tiene el peso bien compensado. Si la persona que llevás atrás se mueve un poquito porque tose, porque no te avisó que se levanta porque está incómoda, porque le picó un bicho, y no me avisa, yo no me agarro bien del manubrio y se desequilibra. Además, en algunas bajadas íbamos a 45 kilómetros por hora. Si alguien se cae, era una de las cosas que siempre me estresaba. Hasta que no me bajaba de la bicicleta con ella, tenía siempre esa sensación”, relató.
La confianza es clave. En una competencia en la que llovía, Maria Borgiani no le avisó de una loma de burro y Anabel casi vuela de la bicicleta. “Fue un error mío. Después entendí que cada cosa tenía que expresarla. Te cansás mucho más”, reconoció. La preparación incluía entrenar las transiciones, la subida y bajada de la bici, los giros, el pedaleo sincronizado. “Es como los que hacen remo, que van sincronizados. Esto es exactamente similar”, comparó.
Competir en el mundo, con recursos propios
Juntas compitieron en Copas del Mundo y torneos internacionales. En Santa Marta, Colombia, fueron solas porque consiguieron el dinero para viajar, pero no tenían entrenador ni acompañamiento. “Ahí sí estuve un poquito más nerviosa en el agua porque había mucho oleaje y había mucha deriva”, recordó. A pesar de las dificultades, el balance es positivo: “Tuvimos la suerte de que físicamente éramos muy parecidas y nadábamos bien las dos, entonces era la parte que menos estrés me producía”.
El sueño de los Juegos Paralímpicos de París estuvo cerca. “Estábamos en el puesto 20 del mundo. Estuvimos a un pelito de ir a la Olimpiada en París con Anabel y no pudimos clasificar porque el circuito paralímpico que era en Europa, no nos daban los números para poder pagarlo. No a nivel clasificatorio, sino económico”, explicó. Y contrastó con la realidad de otros países: “Hay equipos franceses, de Estados Unidos, que tienen un equipo especial, un colectivo con todas las bicicletas, los kinesiólogos. Otra economía, otra organización deportiva, una política deportiva diferente”.
“El deporte salva”
María también se refirió a su vínculo con la discapacidad y al mensaje que quiere transmitir. “Una de las cosas que Facundo, de Tucumán, me decía es que no nos tengan lástima. Dejá de decirme pobrecito o te admiro. Somos iguales. Desde el lugar del respeto, creo que lo que ellos nos aportan es un valor extraordinario. Decir ‘me falta una pierna, un brazo, y sigo compitiendo; no veo y sigo haciendo cosas’. No ponerse límite. El esfuerzo, la disciplina que te da el deporte”, sostuvo.
Y agregó: “A veces uno piensa en la edad o en los límites, y muchos límites están en la cabeza. Si yo hubiese pensado que con la edad que tenía hubiese podido ir a una Copa del Mundo, a una Sudamericana y lograr lo que logramos”. Maria Borgiani también destacó la importancia de la familia y del entorno para que los chicos con discapacidad puedan acceder al deporte adaptado. “En Rosario está Pipo Carlomagno, que también es atleta nadador paralímpico. Si uno busca la posibilidad, el deporte salva. Salva de muchas cosas”.
Sobre el final, dejó una reflexión sobre la perseverancia: “Todos los días tenés ganas de entrenar y no, todos los días tenés ganas de trabajar y no, pero después cuando terminás tu trabajo y te salió bien te sentís pleno. Lo mismo con el entrenamiento. Siempre que uno le pone ganas, esfuerzo y disciplina, se puede”.




